Amor real

Mujer, solidaria, gran empresaria. Una princesa europea en tierras uruguayas. Colabora de diversas maneras con causas sociales. Pero su gran pasión, desde niña, son los animales. Una luchadora nata, con una personalidad única, nos cuenta cómo nació ese vínculo tan especial que hoy tiene con la naturaleza.

 

Entrevista a Laëtitia D’Arenberg

Por María Victoria Pereira

 

¿Dónde se originó tu gran vínculo con los animales?

Me crié entre animales. Teníamos un gato, un perro, una coneja, una gallina, un gallo, un caballo y una vaca. A la edad de seis años me llevaron a una cacería. Todos andaban con caballos y perros, pero yo no me daba cuenta de la magnitud que significaba eso. Recién salíamos de una guerra y se cazaba porque había problemas con los chanchos que venían a levantar la tierra. Los hombres salían con rifles y mi madre me decía que era por el bien de las plantas que no se podían dejar todos esos chanchos salvajes porque eran un peligro. Pero yo no entendía cómo era porque nunca lo había visto hacer. Escuchaba el disparo pero luego no veía nada y tampoco iba a la cocina, por ende no sabía la dimensión de lo que pasaba. Y un día, fui a una cacería y me encantó ver todos esos perros con esos caballos, esa ropa toda roja y negra. Me imaginaba lo lindo de ver los ciervos correr. Pero dio la casualidad que el auto donde iba se equivocó de ruta, y vi cómo tiraron un ciervo al agua, una escena muy desagradable en la cual le calaban una daga en el corazón e inmediatamente los perros se le fueron encima.

 

Después de eso, nada fue igual. De noche soñaba y lloraba. Recuerdo a mis padres continuamente repitiéndose para qué me habrán llevado a esa cacería. No podía oír hablar de caza y nunca más fui a una. Para mí se había transformado en la muerte de un animal que sufría. Pasó el tiempo y a los nueve años me voy a Alemania con mi padre, y sucedió otra escena, que tampoco nunca olvidaré. Un tío mío me pidió que lo acompañara a ver animalitos a un camino con un Guardabosques, y también, vino un primo, que iba con un fusil. Nunca supuse que lo usaría…. Subimos a una plataforma para ver a los animales desde arriba y en un momento, escuchamos ruido, mi primo agarró el rifle y pegó un tiro, y yo exclamé: “¿Por qué?”. Había matado una cierva madre con su pequeño bebé al lado. ¡Se armó un lío! Porque eso estaba prohibido en aquel entonces. El Guardabosques lo suspendió, se le sacó durante un año el porte de armas, no podía cazar, tuvo que pagar una multa, cuando en post guerra nadie tenía mucha plata. Cuando yo vi ese “Bambi” llorar al pie de su madre, buscando la teta, me angustió. Hasta el día de hoy que no me lo puedo olvidar, no me puedo sacar eso de la cabeza.

 

Además de esos episodios de cacería, ¿tuviste alguna otra lección de amor por los animales?

A los siete años, entró en mi casa a trabajar una mujer suiza, quien me dio una gran lección. Recuerdo que había unas hormigas caminando por unos rosales en mi casa en Montecarlo. Veía cómo armaban un camino llevando las hojas en la cabeza, y yo inmediatamente empecé a matarlas hasta que la señora me dijo “¿Que está haciendo usted?” y yo le contesté “Se están comiendo los rosales”. Ella me dijo que así era la biodiversidad, que por algo se comían los rosales. Y agregó: “Usted no es nadie para matar a las hormigas. Así que haga las cosas para evitar que ataquen sus árboles, pero busque otra manera porque las hormigas sí tienen que elegir una hoja, entre la más buena y la más mala, van a ir a elegir la mejor”. Tras ello, me sentí tan mal que nunca más pude matar ni una mosca, porque siento que forman parte de una cadena. No somos nadie para juzgar si las especies son buenas o malas.

 

¿Qué rol entendiste que debías jugar en la vida en relación a los animales?

Desde aquel entonces, siempre me dije que, si podía, iba a trabajar toda mi vida para ayudar a que los animales no sufran más. Porque nosotros, los humanos, “usamos” y andamos con la excusa de que ellos utilizan nuestras tierras. Justificamos con que los árboles tienen mucho valor y a causa de las astas de los ciervos se estropean, y entonces hay que matarlos. Pero, ¿por qué nos hemos metido a hacer cosas en el hábitat de otras especies?

 

¿Te consideras una persona radical en temas de animales?

Yo no entiendo a los extremistas de ninguna índole, ni cuando te pasas para el otro lado. Que cada uno viva en su hábitat, que todos tengan una misma oportunidad, pero que los animales también.

 

 

¿Cómo ves al mundo hoy en día?

Estamos pasando momentos muy difíciles en el mundo entero porque lo más importante es la plata. Hoy en día el único poder es el dinero y tenerlo. Y eso me recuerda algo que mi padre me decía: “Leticia, nunca se olvide de que en la vida, Dios es la bondad, Dios es el amor, Dios es el universo… El Diablo es todo para él, para sí mismo”. Me pregunto a qué punto ha llegado la gente y siento que, lamentablemente, es toda gente a la que le faltó la principal educación: la de saber lo que es el amor hacia el prójimo. Porque primero naces, luego te dan una educación, creces, y tienes que estudiar para llegar a ser alguien para tu comunidad. El rol principal lo tienen los padres, quienes son los grandes educadores. Por eso es necesario sostener la familia.

 

¿Sentís que la humanidad es solidaria, que busca unión?

A mucha gente no le interesa nada el prójimo, y en vez de estar preocupándose por cómo pueden mejorar el país, qué pueden hacer para ayudar, cómo unirse con su vecino, con el de en frente, piensan solo en lo superfluo. Pero para mí no es así la vida. El ser humano es una colonia, tenemos que unirnos, querernos, respetarnos. Tenemos diferentes ideas, sí. Pero hablemos con respeto entre nosotros, y si tú piensas blanco o tú piensas negro, veremos cómo llegar a un consenso, porque yo estoy segura de que debe de haber un consenso, en algún lugar, sin tener que cambiar de idea.

 

Hablemos sobre el poder de la conversación…

Se han perdido las conversaciones de calidad por los malditos teléfonos. Lo importante es estar juntos, porque si estamos juntos podemos encontrar un punto en común y potenciarnos. En la vida hay que poder pensar, primero, en estar bien con uno mismo, cada uno debe de escuchar su paz. Saber si estás haciendo el bien alrededor tuyo. Así uno es feliz y así se puede empezar a dar. Pero si uno tiene rencores u odios, mejor no salir de casa. Es necesario tener respeto hacia todo lo que existe, respeto y bondad hacia todo lo creado. Teniendo empatía con los animales se puede tenerlo con la propia especie.

 

¿Nos cuentas sobre FUNDAPPAS?

FUNDAPASS (www.fundappas-uruguay.org) es un centro de perros para ayudar a personas, creado hace 25 años aproximadamente. Son perros que acompañan a ciegos, niños con Síndrome de Down, diabéticos, autistas, etc. Es maravilloso ver como niños con autismo, que no le hablan a nadie, sí le hablan a los perros.
Las terapias con animales son maravillosas, se obtienen resultados extraordinarios, y es una manera de valorizar al animal. Traemos desde España a los profesores para preparar a los perros, para que les enseñen en español, y así luego puedan comprender a las personas que les hablan en nuestro idioma.

Post a Comment

#SEGUINOS @SEA