Arquitecturas del futuro: escenarios culturales del siglo XXI

Vivimos inmersos en una sociedad de consumo, pero son precisamente los espacios de retiro del consumismo material los que permiten disfrutar de la vida en la ciudad.

 

Por: Natalia Costa Rugnitz y Nicolás Barriola

 

A fines del mes de julio de 2020, el teatro de Epidauro – un famoso anfiteatro antiguo en el Peloponeso, a 85 kilómetros por mar de Atenas – transmitió en vivo, para todo el planeta, la puesta en escena de la tragedia Los Persas, de Esquilo.

 

Nunca antes como ahora se ha democratizado tanto el acceso a la cultura. La revolución -fundada en la tecnología de la información y las telecomunicaciones- venía gestándose desde el siglo XX, pero se aceleró de modo notable en los últimos meses.

 

De entre toda la oferta cultural que se puso a disposición en la era pandémica (las bibliotecas más importantes abrieron sus archivos, los museos sus acervos, los grandes teatros sus espectáculos, etc.), la transmisión del Epidauro es particularmente significativa porque, más allá del “factor audiencia” (que en este caso sobrepasó notablemente el número de lugares disponibles en el espacio físico del teatro), implicó dejar al alcance de las masas la raíz de su propia cultura en una de sus ramas más fascinantes: el drama. Para el mundo occidental, se trata de un evento inédito, de enorme importancia y peso simbólico.

 

Hay en todo esto, sin duda, un valor altamente positivo. Sin embargo, el horizonte no está exento de dificultades. Una de ellas tiene que ver con la esencia del fenómeno artístico y la experiencia virtual: la experiencia remota es incomparable a la directa y el espacio real no debe ser jamás abandonado.

 

Este camino nos lleva a reflexionar sobre las arquitecturas que dan soporte a las artes y a la cultura. ¿Puede utilizarse la infraestructura existente para recibir un público multitudinario, en un contexto de distanciamiento social sostenido?, ¿cabe tener en cuenta la circunstancia actual para proyectar espacios originales, adaptados a la nueva normalidad? La respuesta, creemos, es afirmativa. El desafío es claro: se trata de crear lugares abiertos y al aire libre.

 

 

 

En el caso del Epidauro el escenario fue una tribuna cóncava con capacidad para 12.000 espectadores, organizada alrededor de una arena circular en una llanura rodeada de montañas. La obra es del siglo IV a.C. y se encuentra al sudeste del santuario de Asclepio. Asclepio es el dios griego de la medicina, motivo por el que la transmisión en Julio de 2020 fue particularmente simbólica. El santuario ocupaba una extensa área que incluía otros edificios (templos, estadio, etc.) conectados por caminos y sendas, fuentes y esculturas. Allí era realizado un festival cada cuatro años, que incluía, competencias deportivas, rituales de culto y certámenes artísticos. Tal vez sea posible en este ámbito (como en tantos otros) volver a los griegos: apostar a la creación de escenarios al modo clásico, abiertos, monumentales, enclavados en el paisaje agreste.

 

Todo se complica al encarar la cuestión desde el punto de vista urbano. Sin duda, existe la posibilidad de utilizar el espacio público dentro de la ciudad para albergar exposiciones y espectáculos – espacios transitables, amplios, abiertos, que sirvan como locus de las artes y también como sitios de paseo, tranquilidad y esparcimiento– tan necesarios, a propósito, para contrarrestar el frenesí del modo de vida contemporáneo que, como vemos cada vez con más claridad, es enteramente insostenible.

 

Casi como una analogía de los postes de iluminación con interruptor “on/off” que permitían apagar el alumbrado público propuestos por los situacionistas del siglo pasado, el espacio público de calidad es aquel en donde es posible poner “off” a la capa material para, así, independientemente del poder adquisitivo de cada uno, poder “consumir” cultura y esparcimiento.

 

La calle (...) es un buen fundamento para una sociedad democrática. El espacio público también es un espacio donde adquirimos información y conocimiento sobre la actualidad y sobre la vida misma.” (FREYBERGER, 2008) .

 

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