Belleza en riesgo

Por primera vez en la historia, la crisis de la biodiversidad nos está arrastrando hacia lo que ya ha sido calificado como la sexta extinción masiva, poniendo en riesgo -entre muchas especies- a la propia humanidad. No ocurrirá de la noche a la mañana, sino que será progresiva. Y ya ha comenzado.

 

Al inicio del siglo XXI, la diversidad biológica atraviesa uno de los períodos más oscuros de su larga historia. El hombre, convertido en un potentado biológico que ha alcanzado la capacidad de dominar otras formas de vida, está amenazando la existencia de la mayoría de ellas, incluyendo la propia.
Algunas especies desaparecen incluso antes de que conozcamos su existencia, arrastradas por una tasa media de extinción 10.000 veces más rápida que la que prevaleció durante 65 millones de años, desde fines de la era mesozoica, cuando desaparecieron tres cuartas partes de todas las especies, incluidos los dinosaurios.

 

 

Es por esto que los especialistas aseguran que estamos acercándonos hacia otra gran extinción, con características similares a las últimas cinco registradas. Sólo que ahora no se trata de un meteorito ni de erupciones volcánicas: se trata de nosotros.

 

 

La causa principal es la degradación y pérdida de hábitats, que afecta a 9 de cada 10 especies amenazadas. Cada año se pierden unas 15 millones de hectáreas de bosque en el planeta, y la mayor parte de esa pérdida ocurre en los bosques tropicales, donde se identifican los más altos niveles de biodiversidad. No obstante, el consenso reinante es que no hay nada en esa clase de incidentes que sugiera que nuestro modo de vida está amenazado. No nos damos cuenta de que lo que le pasa al planeta nos pasa a nosotros. Y somos testigos de esta autodestrucción sutil sin percibirlo, como si los seres humanos pertenecieran a un orden distinto que el resto del mundo real.

 

 

Para satisfacer nuestras necesidades agrícolas, hemos transformado de alguna manera casi la mitad de la superficie de la Tierra no cubierta por el hielo. Hemos contenido y desviado ríos. Hemos construido represas e inundado pastizales. Hemos secado humedales y los hemos fraccionado luego en sitios que cubrimos con cemento sobre el cual han crecido edificios, fábricas. Hemos contaminado. Hemos emitido gases. Hemos visto crecer los desiertos en oleadas de arena sobre sitios donde antes había cobertura vegetal. Lo hacemos despacio, confiados en el progreso.
Tal vez por este motivo la desaparición especies termina por resultarnos indiferente en la medida en que no interfiera con nuestra cotidianeidad.

 

 

Desconocemos que cada especie es una ventana abierta a la totalidad, a la naturaleza. Y que todas ellas viven entrelazadas entre sí conformando los ecosistemas sobre los que depende nuestra vida de una manera que ignoramos. Porque cada una de ellas es una obra maestra de la evolución de miles, millones de años.
Cabe preguntarse si podremos equilibrar nuestras necesidades con las del resto de las vidas de este planeta. Si existe una verdadera sensibilidad para recoger y advertir la magnitud de lo que está en juego. Quizás nuestra tarea principal debería ser inspirar la conservación de la diversidad de la vida en nuestro planeta. Y es que la extinción del medio y la deshumanización del hombre viajan juntas. Por primera vez en la historia, una sola especie puede actuar para modificar el rumbo: la nuestra.

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