Conservar el futuro

Lo veamos o no, la realidad es una: dependemos de la naturaleza. La noción a veces se nos escapa. De la mente, de la emoción, de las manos…se nos olvida. Y la conservación de los ecosistemas y el ambiente en su totalidad (y complejidad) pasa a ser responsabilidad de otros. De entes y grandes organizaciones, de gobiernos y movimientos. Pero proteger lo de todos es proteger lo de cada uno. Pero, ¿cómo proteger aquello que no sentimos? En Uruguay, existen Áreas Protegidas que nos recuerdan lo que es sentir y experimentar un vínculo trascendente con la Tierra. Cuidarlas es cuidarnos.

Por Lucía Tornero

Fotos: Martín Abreu -aves- y Sebastián Decuadro (lobos marinos)

 

Si un avión estuviera volando y se rompe o pierde una tuerca, lo más probable es que pueda seguir su curso sin que nada ocurra. Si pierde otra, seguramente tampoco afecte el vuelo. Pero si perdiera una tercera, pues, ahí ya no sabemos qué puede ocurrir. Esta analogía es una buena manera de representar la importancia de la conservación cuando del ambiente se trata. Porque puede pasar que perdamos tres especies o un ecosistema, y no notemos una gran diferencia. Pero si se suma una cuarta, quizás suframos un colapso en los servicios que nos brinda la naturaleza. La realidad es que la incertidumbre reina y no sabemos con seguridad cómo o dónde podrían producirse esos cambios.

Sin embargo, hay algo que sí es certero y sobre lo cual no hay dudas: el ser humano ha dependido y depende (y es) naturaleza y la biodiversidad para sobrevivir. Y aquí entran en juego los servicios ecosistémicos. ¿Qué son? Nada más ni nada menos que los beneficios que las personas obtenemos de la naturaleza. Sea alimento, el aire que respiramos, el agua que tomamos, fibras vegetales, la regulación del clima. Incluso la recreación y el bienestar psicológico. ¿Quién no se siente bien cuando pone sus pies en la arena o el pasto? Pues esa simple acción es un servicio ecosistémico, y todos los necesitamos, independientemente de donde habitemos.

Sucede que si nuestro lugar de residencia es la ciudad, quizás no lo veamos tan claro. Quizás no sea tan evidente nuestra dependencia de la naturaleza. Es más, quizás nunca conocimos un Área Protegida o estuvimos inmersos en la naturaleza. Y entonces, ¿cómo podemos apreciar el valor de algo que no conocemos?

“Hoy en día, estamos viviendo una crisis ambiental por un uso muy intensivo de los sistemas naturales y eso está impactando en la calidad de los ambientes, aumentando la tasa de extinción de las especies y reduciendo el área de los ecosistemas naturales, poniendo en riesgo esos servicios ecosistémicos”, señala el Licenciado Gonzalo Cortés Capano, investigador y Coordinador del Programa de Refugios de la ONG Vida Silvestre de Uruguay, una iniciativa de conservación voluntaria en tierras privadas.

Las Áreas Protegidas, en este contexto de crisis, son una estrategia que nos permite, antes que nada, conservar esas especies y esos ambientes. “Pero conservar no implica no utilizar y no tocar. Sino también, hacer ensayos como si estos lugares fueran laboratorios de sustentabilidad”, agrega Cortés Capano.

Como indica el especialista, en Uruguay, por ejemplo, las Áreas Protegidas tienen mucha relación con la producción ganadera y lo que se busca hacer dentro de ellas es favorecer el vínculo de los productores que obtienen carne, lana, cuero, a partir de los pastizales. Se convierten entonces en laboratorios donde uno va ensayando estrategias para tratar de realizar distintas producciones sustentables.

Pero detrás de todo, y fundamentalmente, está conservar el ser humano. Porque nosotros dependemos de esa naturaleza. Juan Carlos Gambarotta, más conocido como “Juca”, bien lo sabe. Fue Guardaparque de áreas protegidas del Uruguay durante 27 años y a pesar de haber sido un “niño urbano” y haber conocido el campo recién a los 14, hoy su vida no sería la misma. “Una de las funciones que más me gustaba de ser Guardaparque era convertirme en un ´intérpete ambiental´. No se trata solamente de explicarle a la gente lo que está viendo, sino que en el fondo, lo que se busca es que sientan la necesidad de que en el mundo exista una red de Áreas Protegidas”, señala.

 

Ciudadano del mundo

 

Nadie garantiza que la biodiversidad que aún subsiste pueda continuar si a la naturaleza le ofrecemos Áreas Protegidas. Incluso, nos pueden parecer insuficientes, pero hay que intentarlo. “Creo que no hay otra manera. Aunque uno viva en la ciudad y aunque uno no haya salido jamás del país, puede tener mucho interés en que se mantengan grandes Áreas Protegidas fuera de fronteras. Este es el sentimiento del ciudadano del mundo. Mucha gente siente la necesidad espiritual de que se mantenga la selva amazónica, los gorilas de montaña etc. El sueño de poder visitarlos nos motiva, y aunque no viajemos nunca, queremos que se conserven”, dice Juca con total convicción.

Y eso abre una reflexión y un aspecto transversal a este tema que tiene que ver con qué queremos conservar, cómo lo queremos conservar, para qué, para quiénes. Según Gonzalo -quien se encuentra realizando un doctorado con foco en la oportunidad de desarrollar un proceso de generación de iniciativas de conservación en tierras privadas- tener esa discusión es fundamental y, para tenerla, “debemos contar con información y tener en cuenta que la conservación no es una actividad ajena al ser humano. Está directamente vinculada a nuestros valores culturales, valores humanos a nivel individual y social”.

Según la investigación que está realizando para su doctorado en la Universidad de Helsinki (Finlandia), las Áreas Protegidas son elementos esenciales, pero no son la única forma de aportar a la conservación de la naturaleza. Los privados, en Uruguay y en el mundo, tienen un rol fundamental. Y conservar la biodiversidad, en este caso, se apoya sobre dos ejes. Por un lado, el compromiso y capacidad de los propietarios para implementar las acciones de conservación y producción sustentable en sus predios. Por el otro, la voluntad política y la capacidad de las instituciones públicas y de la sociedad civil para desarrollar e implementar políticas adecuadas de reconocimiento y apoyo a los esfuerzos que realizan los propietarios.

“Por eso es fundamental entender por qué las políticas deben adecuarse a las realidades culturales, a las percepciones, preferencias de esos actores que viven en los distintos territorios y para eso es necesario el diálogo, la tolerancia y entender que la naturaleza, el ser humano y la sociedad no son dos cosas separadas que uno pueda conservar. Deben entenderse como un conjunto”, establece el investigador.

Para Héctor Caymaris, Director del Área Protegida Laguna de Rocha, es también una cuestión de conocimiento del valor que aportan las Áreas Protegidas. “Generalmente se visitan y muchas veces la gente no se da cuenta del valor que tienen. Entonces, se trata de poner esto en consideración del ciudadano común. Y el aporte puede ser de esparcimiento, recreación, de uso de los recursos como la pesca e incluso la caza. O incluso, una calidad de vida diferente para las personas que viven en esos lugares”.

También, se abre a conocimiento de la medicina, de nuevas especies que pueden ser utilizadas para remedios. Y estas cuestiones y oportunidades van desapareciendo en otros lugares. “Dentro de las áreas protegidas se gestiona la conservación. Entonces, generalmente, está esa ventaja. Su afectación se vuelve mínima”, agrega Caymaris.

 

Nexo emocional y educación

 

Cuando somos niños, somos más permeables a lo que vemos, a lo que conocemos. Y lo vamos aprendiendo, incorporando como algo natural. Por eso es que la educación ambiental desde la temprana juventud es un factor crucial para la conservación y es un cambio cultural necesario. “Tiene que estar integrado y que el ser humano sepa la importancia de cada una de nuestras acciones hacia las otras personas y hacia el medio en el que vivimos”, asevera Caymaris. “Pensar en los otros seres vivos, en su totalidad. Y eso es lo que muchas veces tratamos de hacer dentro de las áreas protegidas. En Laguna de Rocha, recibimos a más de 2.000 niños que vienen desde otros lugares del Uruguay. Tratamos de concientizarlos sobre la importancia de cada una de sus acciones en el futuro, sobre las especies y nosotros mismos, mantener los ambientes limpios y entender cómo funcionan”, suma.

Pero la educación tiene que ir más allá de la mera información. En la actualidad, es indiscutible que hay más personas informadas. Pero otra cosa muy diferente es el sentir. Aún nos sigue faltando el nexo emocional con la naturaleza. “Siempre digo que uno no quiere a su madre por saber que ella nos cuidó y nos dio de comer. La queremos por lo que sentimos de haber convivido con ella, de saber que nos dio la vida. Lo mismo pasa con la naturaleza. De poco sirve que leamos o veamos videos sobre la conveniencia de conservar los ecosistemas si no tenemos un nexo emocional con ellos”, argumenta Juca. “El enorme desafío de los conservacionistas y de la humanidad en su totalidad, es lograr que la gente vuelva a tener un nexo emocional con la naturaleza. Tenemos una computadora para cada escolar, pero a la inmensa mayoría de los niños uruguayos les falta la experiencia de ver amaneceres y atardeceres en el horizonte, subir un cerro y escuchar pájaros, estar 24hs sin ver una pantalla”, remata.

Entonces, una de las principales formas de contribuir a la conservación es experimentar: tener experiencias en la naturaleza, observar, estar. Generar vínculos que nos van a facilitar conocerla y valorarla. Porque uno no puede conservar lo que no conoce. Una vez hecho el nexo, informarse comienza a cobrar un valor diferente. Entender la importancia de las áreas protegidas y de la conservación en general, nos permite comprender nuestros derechos y obligaciones como ciudadanos, permitiendo pasar del conocimiento a la acción. “Desde iniciativas colectivas a organizarse para exigir políticas ambientales adecuadas y justas en términos de quiénes son los que obtienen los beneficios que otorga la naturaleza y quienes terminan pagando los costos por esas actividades”, dice Gonzalo.

El status de ciudadanos que portamos pasa a otorgarnos una responsabilidad que atraviesa la temática de manera transversal. Somos consumidores y tenemos el poder de construir demanda. Y la base de todo tiene que ver con reconectar con la naturaleza.

 

El poder de la réplica

 

Nuestras acciones (y omisiones) generan un impacto. Ya sea positivo o negativo, en nuestro entorno social y ambiental. Y eso aplica para la gente de ciudad y campo, para los que viven en la selva, en la playa o donde sea. Para Gonzalo, todos tenemos responsabilidad y tenemos la oportunidad de generar impacto positivo con pequeñas acciones. “Nuestros actos individuales en nuestros ámbitos, como miembros de una comunidad, como consumidores, tienen grandes repercusiones sobre otras personas y sobre el entorno en sí mismo”.

Y cuando de conservar la naturaleza y los ecosistemas se trata, se abren distintas posibilidades que podemos hacer como ciudadanos y, dependiendo de los distintos roles que tenemos, va a haber matices. Pero uno de los principios fundamentales es conectar con la naturaleza. El tema es que en los ámbitos urbanos eso se ha perdido bastante. “No sabemos de dónde vienen nuestros alimentos, o qué especies hay en los bosques, cuáles son los beneficios que nos da la naturaleza, qué especies hay en el campo natural, en los pastizales, en los humedales”, explica el investigador de Vida Silvestre.

Y a veces, si pensamos en qué podemos hacer desde nuestro lugar de ciudadanos, todo pareciera inalcanzable y fuera de nuestras posibilidades. Y entramos en lógicas que, en realidad, son ilógicas: la acción individual no cuenta, no puede generar una diferencia, no alcanza con la responsabilidad individual. Pero, en definitiva, somos nosotros los decisores de lo que queremos para nuestro futuro. “Nuestras acciones son replicadas por nuestros amigos, por nuestros vecinos, por nuestros hijos y de eso se trata. De que repliquemos las cosas buenas, que nos hacen a nosotros como personas y como personas dentro de una sociedad”, amplía Héctor Caymaris.

 

El libro de la vida

 

La conservación es también parte de una gran concientización social y cambio cultural. En América Latina, es muy difícil de lograr y tiene mucho que ver con la idiosincrasia de la región y sus condiciones económicas que nublan lo que para algunos es muy claro. Es decir, aún no hemos entendido que conservar los ambientes naturales mejoran la calidad y que no es solamente el dinero lo que lo permite. “Calidad de vida es poder disfrutar espacios sanos, poder ir a pescar y encontrar peces, poder ir a la playa y no tener que estar limpiando residuos que trae el mar. Poder salir tranquilo a un área protegida y disfrutar sus atardeceres, amaneceres, su fauna, flora, avifauna. Eso es calidad de vida. Normalmente nos damos cuenta del valor que tienen las cosas cuando las perdemos”, argumente Héctor.

Es muy difícil predecir qué sucederá. Los procesos que están detrás de sistemas sociales y ecológicos no son lineales. No se sabe con seguridad qué pasaría si perdemos una especie u otra. Y lo cierto es que, como sociedad, no sabemos hacia dónde vamos. Pero es por eso mismo que tenemos que tener un registro, un archivo vivo de todo lo que es (era) la naturaleza cuando los ecosistemas eran prístinos y tenían su extensión original. “Tal como las bibliotecas guardaron mucha información en tiempos de oscurantismo, ahora las áreas protegidas tienen que ser consideradas como fuentes de información para la nueva cultura global que sustituya al mal uso de La Tierra que impera hoy día. Pero en el fondo, si no existe el nexo emocional con la naturaleza, no creo que podamos salvarla, mucho menos las áreas protegidas”, vaticina Juca.

Por su parte, Gonzalo opina: “Más allá de perder especies, tiene que ver con un acervo de la Tierra, que es único, como la biodiversidad, que es como un libro de la vida. En los genes, en las especies, en los ecosistemas, se cuenta la historia de este planeta, algo que tratamos de entender para conocerla y conocernos a nosotros mismos”.

 

 

Identikit de las Áreas Protegidas de Uruguay a Mayo 2019

 

  • Rincón de Franquía: Nuestro punto más norteño del país, con flora subtropical.
  • Montes del Queguay: El bosque nativo más extenso del país.
  • Esteros de Farrapos e Islas del Río Uruguay: Extensos bañados, orillas del Río Uruguay e islas cubiertas de monte marginal.
  • Humedales del Santa Lucía: Extensos humedales, muy diversos a un lado de la capital del país.
  • Isla de Flores: Un sitio de particular importancia por su historia reciente e interesante. Sitio para estudios de biogeografía.
  • Valle del Lunarejo: Hermosos paisajes serranos, bosque natural en muy bien estado de conservación.
  • Quebrada de los Cuervos: Un ícono de nuestras áreas protegidas, área de gran belleza y una de las más visitadas.
  • San Miguel: Bañados y sierras, muy variada vegetación. Ganado criollo (ovino y vacuno).
  • Cerro Verde: Dunas, costa, una comunidad vegetal única en el país (muy pequeña y sobre el Cerro Verde).
  • Cabo Polonio: Dunas, costa. La más visitada. Mucha gente va por el balneario y la colonia de lobos marinos.
  • Laguna de Rocha: Muy importante para aves migratorias.
  • Laguna Garzón: Se intenta proteger el matorral costero.
  • Localidad Rupestre de Chamangá: Cuenta con importantes valores naturales y culturales. Ecosistemas de praderas y relieve ondulado.
  • Grutas del Palacio: Son columnas de arsenicas ferrificadas formadas por efectos de la erosión hídrica. En su interior afloran aguas subterráneas.
  • Esteros y Algarrobales del Río Uruguay: 1550 hectáreas de esteros, algarrobales y montes nativos, y se ubica al margen del Río Uruguay.

 

No todo es lo que parece: la importancia de los humedales

Por Gonzalo Cortés Capano

 

Uruguay es una tierra en donde abundan los humedales, cuyo uso racional y sostenido es sumamente importante. Ocupan el 12% del territorio continental, siendo el tercer ecosistema de mayor presencia en el territorio nacional, luego de la pradera y los bosques. Antes, eran consideradas tierras inútiles, de baja productividad. De hecho, se trató de disecarlos para producción ganadera. Pero con los años, fue cambiando su percepción. Hoy, se sabe que son fundamentales para la vida y que aportan muchos servicios ecosistémicos, por lo cual su conservación, es vital.

Entre ellos, uno tiene que ver con la calidad del agua, ya que hacen depuración de agua, controlan las inundaciones ya que almacenan agua como si fueran una esponja natural. Entonces si hay lluvias muy copiosas, suelen ir hacia los humedales, que generan como una reserva y evitan que se inunden otras zonas afectando la salud humana, infraestructura, etc.

Tienen numerosos valores culturales de recreación y turismo y también son reservorios de biodiversidad. De plantas, microorganismos, pero también de fauna acuática como peces, moluscos, fauna terrestre como cientos de especies de aves y mamíferos que habitan en ese ambiente.

 

SISTEMA NACIONAL DE ÁREAS PROTEGIDAS – URUGUAY A MAYO 2019

 

15 áreas protegidas de Uruguay

279.516 has. bajo protección del SNAP

0,878% del territorio

44% de ecosistemas amenazados

38% de especies prioritarias para la conservación

 

Todas las áreas protegidas de Uruguay son territorios con gente. Personas viviendo, produciendo y usando esos espacios de forma especialmente cuidadosa para contribuir a la conservación de sus valores naturales y culturales a largo plazo. Personas aprendiendo y enseñando a usar y disfrutar el territorio bajo modalidades más amigables con el ambiente.

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