Estamos definiendo nuestro futuro

Por: Hernán Sorhuet Gelós

La ecología, como ciencia de síntesis, nos enseña mucho acerca de la intrincada trama de la vida, expresada en cualquier ecosistema que consideremos. En su estructura y funcionamiento se materializa un elevadísimo grado de sofisticación bioquímica, física y biológica, que podría llegar a explicar el propio misterio de la vida.

 

Si prestamos atención a nuestra biosfera, confirmaremos nuestra peligrosa ignorancia actual. Conocemos la existencia de menos de 2 millones de especies. Los científicos capaces de realizar proyecciones coherentes estiman que esa cifra probablemente incluya sólo el 25% de las que existen. Aunque si incluimos al “mundo microscópico” esos números deberían alcanzar niveles siderales.

 

Esta incertidumbre cognitiva nos deja en una posición muy frágil a la hora de tratar de establecer cuáles son las actuales tasas de extinción, provocadas por los cambios ambientales naturales y los de origen antrópico.

 

De lo que no hay ninguna duda es que los seres humanos estamos simplificando la biosfera a través de nuestras acciones cotidianas de producción, de consumo, de urbanización, de contaminación y de extinción de especies. Lo hacemos enarbolando diversas banderas que tienden a cegarnos frente a una realidad incuestionable: la diversidad biológica en nuestro seguro de vida. Es tan importante en el presente como lo será en el futuro.

 

Porque constituye la más formidable “biblioteca” del conocimiento biológico terrestre. Es un tesoro informativo y cognitivo que seguramente contiene lo que se necesita saber para hallar la solución de los grandes y pequeños problemas que enfrentamos –y enfrentaremos-.

 

Presenciamos la sostenida destrucción de las selvas lluviosas del planeta, al mismo tiempo que sabemos constituyen la mayor reserva genética del orbe. Aunque ignoramos la inmensidad de conocimiento que atesora en el genoma de sus innumerables especies, continuamos dispuestos a ejecutar su desaparición, con la tranquilidad espiritual de que son costes del desarrollo moderno.
Aunque se ha dicho hasta el cansancio, hay que reiterarlo. O nos encaminamos hacia el desarrollo sostenible global y eficiente apoyado en la conservación de los recursos naturales, o condenaremos al mundo a un empobrecimiento crónico y muy peligroso para la calidad de vida.

 

Sabemos –o deberíamos- que dependemos 100% del funcionamiento natural para satisfacer nuestras necesidades básicas. Uno de los problemas está en que por ahora solo consideramos útiles unas 80.000 especies; las otras “no importan”. De ellas solo 150 se cultivan a gran escala, y apenas 18 especies vegetales proveen el 90% de la comida del mundo.

 

De cara al futuro constituye una realidad muy peligrosa. Porque la domesticación de esas especies claves para nuestra supervivencia actual las vuelve muy vulnerables (defectos genéticos) frente a enfermedades y plagas, por falta de renovación genética. Constituye un fondo genético muy chico comparado con el que está disponible en la biosfera.

 

Con estas conductas seguimos estimulando la erosión genética de nuestros cultivos y ganados, sustituyendo la diversidad por la homogeneidad, lo que en los hechos significa cortarles los vigorizantes caminos evolutivos.

 

Necesitamos abrirnos generosamente a la reflexión serena y lo más despojada de prejuicios posible. Los seres humanos somos un producto biológico más de este planeta y, por lo tanto, somos parte inseparable de la biosfera. Ya no resulta admisible mantener el viejo pensamiento de “el Hombre y la Naturaleza”, como si fueran dos actores distintos de la escena.

 

Debemos llenar de contenido el manoseado término de “desarrollo sostenible”, y dejar de definirlo a nuestro antojo y según nuestros intereses personales o corporativos.

 

Los dos mejores consejeros que podemos “escuchar” son el conocimiento científico y el sentido común.

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