Hacia la alfabetización alimentaria

Basta con abordar algunas problemáticas cotidianas vinculadas a la cocina, y hacerlo con plena conciencia, para que dejemos de ser, justamente, consumidores (in)conscientes.

 

Por Diego Ruete

 

Hasta hoy en nuestra columna, has leído sobre nosotros. Las bondades de la educocina y todo el potencial que tiene plantar y cocinar con los niños, en la escuela y en familia. Contribuir a la alfabetización alimentaria a través de la educocina, partiendo de los niños para impactar en la comunidad toda.

Nuestro propósito quedó claro pero a ti, lector, imagino, interesado por la educación, la salud, la alimentación o la sustentabilidad, te gustaría saber qué puedo hacer yo en la diaria, sin volverme un cavernícola urbano, sin radicalizarnos pero sosteniendo una postura más sacrificada que la del consumidor inconsciente. Podemos ir dando nuestros primeros pasos para contribuir con nuestro grano de arena a un mundo mejor:

 

Uso del agua y desperdicios líquidos:
Se habla mucho del excesivo consumo de agua de quienes vivimos en lugares sin la mínima escasez de este vital elemento. Es verdad, no la cuidamos y deberíamos todos leer o ver documentales sobre la vida de quienes sí la sufren y aprender estrategias que quizás algunos pocos debimos utilizar en Cabo Polonio algún día, excepcionalmente. Hoy no me voy a detener en el uso desmedido, lo escrito anteriormente sirve de recordatorio, me preocupa y mucho el drenaje de productos químicos que hacemos a través de los desagües de la casa. El uso de químicos ya sea hipoclorito, jabón o shampoo representa un alto porcentaje del fósforo y nitrógeno que reciben los océanos como destino final. Un poquito menos de shampoo, sí, eso, un poquito menos una vez por día, multiplicalo por mucho, muchísimo y sabelo, podés cambiar algo.

 

Alimentos:
No voy a darle tanta importancia a la cantidad de alimento que se tira, no porque no me preocupe, es alarmante pero sobre la comida hay tres factores más importantes que desequilibran la frágil armonía ecológica que compartimos.

El consumo de alimentos locales tiene como beneficios el bajo costo de transporte y la reducción, por ello mismo, de la huella de carbono; la comida local es lógicamente más fresca y por lo tanto más nutritiva. Este concepto viene ligado estrictamente al consumo estacional. Respetando los productos de estación garantizamos un consumo responsable y sustentable. Apoyar a los productores locales y que además, hagan bien las cosas es un acto revolucionario. Eso es ser consumidor consciente.

Descartar los envases plásticos innecesarios, pensar tus compras y llevar tus propios envases, bolsas de tela o tu propio cajón al ir de compras.
Si cambiamos nuestros hábitos de consumo, las industrias de alimentos deberán adaptarse a esta nueva demanda, poco a poco y si, con un poco de sacrificio, abandonamos ese confort (in)consciente estaremos haciendo mucho por el planeta, la casa de nuestros hijos.

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