La batalla sonora

La acústica es quizás una forma de contaminación invisible, pero no por ello menos dañina. La calidad sonora del ambiente requiere de medidas y correcta implementación para evitar caer en diferentes formas de aislamiento.

 

Difícilmente podrá imaginarse la urbe contemporánea sin evocar un conjunto vertiginoso, agobiante y caótico de estímulos auditivos. Y lo que la imaginación proyecta, la experiencia lo confirma cada día: automóviles, colectivos y vehículos de todo tipo (en esta parte del mundo en su mayoría antiguos y, por eso, especialmente “sonoros”), bocinas, sirenas, alarmas, amplificadores, altavoces. De principio a fin de la jornada, cada jornada, un bombardeo constante de inputs conforma el paisaje sonoro en que se desarrolla nuestra experiencia de la ciudad, salvo raras excepciones. ¿Cómo influye este frenesí en la tan mentada calidad de vida? Pues se trata, al fin y al cabo, de lo cotidiano y, por lo tanto, de calidad de vida. ¿Cómo convivir con semejante circunstancia? ¿Cuánto depende del ciudadano particular; cuánto está o debe estar en manos del Estado?

 

Pensemos en las políticas públicas. En Uruguay, la Ley Nº 17.852 (de 2004) vela por la prevención, vigilancia y corrección de las situaciones de contaminación acústica, entendiendo por contaminante acústico “todo sonido que, por su intensidad, duración o frecuencia, implique riesgo, molestia, perjuicio o daño”. La reglamentación – que habla de “tranquilidad pública” – establece niveles de salubridad, rutinas de contralor, imposición de multas y sanciones, etc.

 

En la teoría, todo luce bastante bien. La práctica, sin embargo, no parece estar a la altura. Muy al contrario, la sensación es que estamos frente a una problemática relegada: ¿cuántas veces ha podido observar el lector funcionarios públicos midiendo la calidad sonora del ambiente? La ley prevé, por ejemplo, sanciones para vehículos de tracción mecánica desprovistos de sistemas de atenuación acústica adecuados, pero: ¿ha venido a saber el lector, alguna vez, de alguien sancionado a causa de un caño de escape en malas condiciones? Seguramente, la respuesta sea negativa en ambos casos. Si por acaso fuese afirmativa, los casos probablemente puedan contarse con los dedos de una mano. De hecho, parece que el fenómeno está librado al azar y que, en vez de esperar soluciones oficiales, cabe más bien defenderse por sí mismo y hacerse de las armas necesarias para enfrentar la batalla.

 

Un buen par de audífonos, por ejemplo. Aislamiento acústico en el hogar. Aislamiento acústico en la oficina. Siempre que se pueda, es claro. Y si no se puede: adaptación. Pero tanto el aislamiento como la adaptación son medidas provisorias y desesperadas; lejos de ser un capricho, hay aquí un problema profundo y de hondas consecuencias.

 

Desde un punto de vista sociológico, por ejemplo, las consecuencias son decididamente nefastas. Consideremos sólo la cuestión del aislamiento. Si bien se observa, se descubre que hay en juego un doble aislamiento: el individuo se aísla del Estado, ya no espera nada de él, ya no confía en él y, lo que es quizá más grave: el individuo se aísla de lo que lo rodea, se curva sobre sí mismo, se distancia del espacio que habita. Todo hombre es una isla, invirtiendo el memorable dictamen… Si algo no se modifica, quizá ese archipiélago sea el horizonte hacia el cual se desliza la urbe del siglo XXI.

 

Y el panorama es todavía más delicado. Volvamos al principio: según la Ley, el daño de la contaminación acústica es para “otros seres vivos y para el ambiente”. En lo que toca al ambiente, la contaminación sonora es capaz de penetrar en estructuras edilicias y destruirlas. ¿Qué sucede si lo que está en juego son construcciones patrimoniales? En lo que toca a otros seres vivos, la contaminación sonora altera el comportamiento de las aves, por ejemplo: el estrés interfiere en los ciclos reproductivos, con lo cual las poblaciones tienden a disminuir; puede cambiar su trino y afectar su comunicación y puede, finalmente, provocar migraciones masivas y desorientadas. Una vez más: si algo no se modifica, quizá la urbe del siglo XXI venga a ser un espacio cada vez más despojado de vida.

 

En definitiva, relegar el asunto parece un gesto nacido no solo de una insensibilidad poco aguda sino, y fundamentalmente, de una profunda ignorancia.

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