La roca sagrada

Australia, una tierra misteriosa y de contrastes, rodeada por océanos y desértica en su interior. Y allí, en el indomable “outback” y dentro del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta, se erige imponente el monte Uluru, de tonalidades cambiantes, venerado y protegido por los aborígenes locales.

 

Por Juan Carlos Gambarotta

 

Hace calor y tengo sed como pocas veces en mi vida. Noto un movimiento entre las matas de pasto Spinifex, y un momento después me invade la alegría al aparecer una joyita del mundo animal. Estoy viendo… ¡un diablo cornudo!

Este espectáculo de la naturaleza ocurre en el Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta, de 1326 km2, Patrimonio natural y cultural de la Humanidad, y situado en el centro de Australia. El Plan de manejo del parque sigue el ¨Tjukurpa¨, el conocimiento tradicional, leyes y creencias aborígenes. Para la tribu Anangu -una de las culturas más antiguas de La Tierra- además, Uluru está situado en el centro del mundo. ¿Y por qué no? ¿Acaso esta gigantesca roca, el monolito más grande del mundo, de 348 m de altura y 9.4 km de circunferencia, no irrumpe por eso mismo, solitaria en medio de la infinita planicie?

El atardecer parece transformar esa masa de arenisca, ya de por si rojiza, en una gigantesca brasa. Al avanzar el crepúsculo, su color cambió al rosado, al robarle el cielo sus tonos naranjas, mientras Venus ya asoma por encima de su silueta.

 

Por la mañana recorro el sendero Mala con Mike, un guardaparque aborigen. Cuenta que si bien Uluru es sagrado, y por ello a los Anangu dolía tanto que lo pisotearan al treparlo miles de visitantes provenientes de todo el mundo (eso ya no está permitido), la enorme roca alberga varios sitios más sagrados aún. Como por ejemplo, un repliegue que semeja el marsupio de un canguro (mala es el canguro más pequeño, casi extinto ya). ¨De ese hueco -me asegura-, no solamente ha salido todo Uluru, sino todo lo que hay en el mundo”.

A 35 km hacia el Oeste, aún dentro del parque, se encuentra otra extraordinaria formación rocosa: Kata Tjuta, “muchas cabezas” en Anangu. Se trata de 36 domos, siendo el Monte Olga, de 460 metros, el más alto de ellos. Para mí, la visión de estos cerros y más aún, haber caminado entre los estrechísimos pasadizos que hay entre uno y otro, fue una experiencia más impactante que el famoso Uluru.

Durante una recorrida con otro joven guardaparque Anangu, y estando en una ladera, vimos que un canguro huía a los saltos, momentos después apareció tras él un dingo que lo corría a igual velocidad. Los aborígenes vivieron allí durante 22.000 años, dejando muchísimas pinturas rupestres. Tamañas rocas permitieron que a su sombra se juntara el agua de lluvia que permitió que ese lugar, tan remoto aún hoy para la mayoría de los australianos, fuera habitado.

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