Lalibella, la ciudad monástica horadada en las rocas

Patrimonio de la Humanidad desde 1978, este increíble sigue celebrando la liturgia de la misma manera que hace 600 años. Un viaje en el tiempo a los que muchos consideran la Octava Maravilla del mundo.

 

Autor y fotos: Daniel Gonzalez-Paredes

 

Ocultas en las montañas de Lasta, al norte de Etiopía, se encuentra la ciudad monástica de Lalibela. Un conjunto de once sobrias iglesias pertenecientes al cristianismo ortodoxo etíope, o iglesia Tewahedo, horadadas en la roja roca volcánica. Estas fueron construidas entre los siglos XII y XIII por el último rey de la dinastía Zagwe, Gebre Mesqel Lalibela. Cuenta la leyenda que el rey Lalibela visitó Jerusalén antes de que esta cayera en manos de los Otomanos. A su regreso, el monarca quiso recrear la Ciudad Santa en suelo etíope. Por aquel entonces, Etiopía quedó atrapada como una isla del cristianismo rodeada por territorios islámicos en el cuerno de África. El temor a las guerras santas, hizo que el rey Lalibela mandará construir bajo el nivel del suelo este conjunto rupestre para de ese modo mantener las iglesias ocultas. A golpe de cincel y martillo, un ejército de hombres construyó 11 templos esculpidos en detalle tanto es su exterior como en su interior desde un mismo bloque de roca inicial. Todos sus elementos arquitectónicos: pórticos, ventanales, columnas, bóvedas, suelos y techos, forman parte de una sola y única roca. El conjunto se conecta a través de túneles y pasadizos, y el recorrido por los diferentes templos, a modo de vía crucis, evoca a la ciudad de Jerusalén y diferentes pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Quizás la más famosa de estas iglesias sea Biet Ghiorgis, ‘Iglesia de San Jorge’, un templo monolítico con planta en forma de cruz griega encastrada en la roca hasta 12 metros de profundidad. Todas las iglesias de Lalibela están cargadas de simbolismo, donde se repiten varios elementos:

 

El Qenet Mahalet, o antecámara donde los feligreses realizan la oración. Su acceso se realiza a través de tres puertas: la del oeste para la entrada del clero, la puerta norte por donde acceden los hombres, y la del sur reservada para las mujeres. El Qeddest que es el área interior central para el oficio de las ceremonias ocupada por los sacerdotes y diáconos. Y el Qeddus Qeddusan, lugar de entrada reservada únicamente al clero donde se guardan los elementos utilizados durante la liturgia y el mayor tesoro de cada templo, el Tabot, o réplica del ‘Arca de la Alianza’, la cual contiene las tablas de Moisés con ‘Los Diez Mandamientos’. Así lo recoge el Kebra Nagast, libro sagrado de la iglesia Tewahedo, que sostiene que el Arca llegó desde Jerusalén a Etiopía junto a Menelik I. Este era el primogénito del Rey Salomón y la Reina de Saba, y primer emperador etíope de la dinastía salomónica. Supuestamente el ‘Arca de la Alianza’ se encontraría desde entonces celosamente custodiada en la catedral de Santa María de Sión, en Axum (capital del reino de la dinastía salomónica), y cada iglesia cristiana en Etiopía poseería una réplica de esta.

 

Es únicamente durante el Timbak (la epifanía celebrada cada 7 de Enero, según el calendario Juliano que rige en Etiopía, a diferencia del calendario Gregoriano más comúnmente usado en el resto de la cristiandad) cuando el Tabot y sus réplicas salen en procesión. Una ceremonia que se sigue realizando de la misma manera desde hace siglos, al igual que el resto de los numerosos rezos y oraciones semanales en la iglesia ortodoxa etíope. Es ahí donde radica la grandeza de Lalibela, donde hoy por hoy, cualquier persona puede asistir a la liturgia tal y como se realizaba cientos de años atrás. Los feligreses van llegando poco a poco a los templos, ataviados con sus togas de algodón blanco, símbolo de pureza, y se van congregando a la espera del comienzo de la oración. Esta es desarrollada por los sacerdotes. Apoyados en largos bastones de rezo, comienzan con la lectura de las viejas escrituras monásticas en lengua clásica Geez, precursora del actual Amhárico. Una multitud de diáconos acompaña la oración con cánticos y la música de sus keberos (tambores) y sigtrans (sonajeros), creando una completa atmósfera envolvente. Entre inciensos, sacerdotes, diáconos, hombres, mujeres y niños, todos juntos, siguen la liturgia con movimientos acompasados.

 

 

Atender a una de estas ceremonias se convierte en toda una experiencia trascendental que nos traslada a la llegada de la iglesia ortodoxa Tewahedo a las montañas de Lasta, allá por el siglo XII cuando reinaba en Etiopía la dinastía Zagwe.

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