Las lecciones edificantes del virus

Por Luis Castelli

 

 

“Esto servirá de lección”. “La naturaleza puso a la humanidad en su lugar”. “Surgirá una nueva conciencia ambiental”. “La epidemia de coronavirus llevará a la humanidad a repensar los hábitos y valores, y a optar por un estilo de vida más creativo y auténtico”. Se trata de frases deseables. Sin embargo, es dudoso que ello ocurra. Acaso el recuerdo del virus pasará, con el tiempo, desapercibida, sin habernos enseñado a resolver la relación entre rentabilidad y preservación. Probablemente somos siempre hegemonistas de un elemento sobre otro, y nos cuesta entender la interdependencia equitativa entre los dos aspectos esenciales: vivir y producir para que la vida tenga lugar. Es por eso que nos planteamos que “no debemos descuidar nuestra economía sin dejar de cuidar nuestra salud”. Nos cuesta enormemente entender la imprescindible relación entre los dos aspectos. Y, probablemente, la cultura contemporánea no acierta a comprender cómo integrar, con equidad, la atención a los dos problemas: el desarrollo económico y el cuidado del ambiente.

 

 

Hoy nos encontramos en un terreno de paralelos entre lo que ocurre con el coronavirus y con el cambio climático: debemos cuidarnos del contagio del coronavirus, pero no queremos dejar de trabajar. Sin embargo, cuidarnos implica inhabilitar la producción, aunque nos cueste la vida. Debemos evitar la emisión de más gases efecto invernadero, para evitar los desastres que producirá una temperatura que supere los 2 grados por encima de los niveles preindustriales, pero no podemos abandonar el uso de combustibles sólidos, aunque nos cueste la vida.

 

¿Qué conclusiones podemos sacar de esta convergencia? La conclusión es que hay algo en el modo de mirar la realidad que hemos tenido en la modernidad, y seguimos teniendo, que prueba su disfuncionalidad al elegir entre vida y desarrollo. Y posiblemente esta disyuntiva no se mostraba frente a la naturaleza con tanta evidencia global como se muestra en la enfermedad. Ocurre que la enfermedad compromete de un modo mucho más directo la vida de cada uno. Entonces podemos negar menos que en nuestra disyuntiva en la relación con el cuidado de la naturaleza.

 

Después de las distintas Cumbres del Clima y en particular luego de la Cumbre Climática de París, quedó al desnudo que el dilema de fondo es el siguiente: sabiendo el hombre lo que debe hacer para asegurar su supervivencia en la Tierra, ¿lo hará o no lo hará? Las medidas de contención del cambio climático son incompatibles con el pensamiento de corto plazo. Y resulta dudoso que las demandas de coyuntura sean sometidas a principios éticos estructurales: la conciliación entre política y preservación ambiental es difícil. De allí que las agencias de energía deberían ser independientes de las políticas partidarias, conducidas por personas con alta formación técnica y monitoreadas por una gran participación ciudadana. Solo la educación y la independencia política permiten pensar y actuar en relación con el largo plazo. El cambio climático es un problema colectivo que exige soluciones igualmente colectivas. La lucha es gigante. Y la sensación es abrumadora: la tragedia ya ocurrió y, ahora, el desafío es administrar los efectos e impedir daños mayores.

 

 

Sin embargo, más allá de las decisiones gubernamentales, lo estimulante es que se observan tendencias globales de que el ingenio de la humanidad podría contribuir a evitar los peores impactos del calentamiento global. Está en marcha una revolución de la energía renovable, cuyos costos bajaron un 90% durante la última década. Las inversiones en energía verde siguen aumentando, a pesar de las medidas adoptadas por el presidente Donald Trump. Las ventas de automóviles eléctricos crecen y los principales fabricantes se comprometieron a abandonar en breve la producción de vehículos operados con combustible fósil.

 

La lucha contra el cambio climático exige detener la destrucción de los bosques, cuyas pérdidas se han duplicado desde el año 2000. Contener la deforestación y plantar nuevos árboles son algunas de las formas más económicas y rápidas de reducir las emisiones de carbono. Es necesario llevar adelante políticas beligerantes con el cambio climático. Para 2050, necesitamos una economía mundial neutra en emisiones de carbono para que la Tierra siga siendo habitable. No hay mayor reto ni mayor incertidumbre. Nada asegura que podamos lograrlo. Tampoco que estemos condenados al fracaso. Como con el coronavirus. Sin embargo, es indispensable intentarlo.

Post a Comment

#SEGUINOS @SEA