Los ríos son libres

Hay un antiguo proverbio que dice “vivir no es preciso, navegar es preciso”. Como naturalista que habita tierras correntinas, lo comprobé cuando hace algunos años emprendí dos travesías: una por el río Uruguay y luego otra por los ríos Bermejo, Paraguay y Paraná. La intención fue demostrar que tienen una historia viva e infinita, y que acercarnos con respeto nos ayudará a conocerlos y valorarlos.

Por Jorge Mazzochi

 

El Río Uruguay

En el año 2012, junto a un compañero de aventuras llamado Sebastián Arena, hicimos por primera vez un viaje largo por la Cuenca del Plata. Nos atraía la biodiversidad y cultura del litoral norte; esos rincones que aún tienen misterio, donde no está todo descifrado. Emprendimos una travesía de un mes de navegación, donde recorrimos 1.450 km en un kayak doble, partiendo desde El Soberbio, provincia de Misiones. Miedos de principiantes, aguas bajas y rápidas; piedras y correderas que crujen e intimidan. Un río solitario y azul: el Uruguay, río de pájaros y “caicos”. Así comienza esta primera etapa de la expedición por las cuencas libres…es que es el deseo: cuencas libres de represas, pasteras y agroquímicos.

 

Entre un paisaje de ensueño, la selva paranaense se trepa dentro de uno, nos interpela a mí y a Sebastián, con quien empezamos a forjar una dupla en el remo que, sin saberlo, perdurará a través de los años. Monos, tucanes, rastros y huellas. Durante el acampe, tensión y placer constante. Tenemos cartas náuticas, y un bote de seis metros sin timón. Hay que leer el río, un cristal inmejorable cuya superficie genera formas y dibujos en las corrientes.

 

Elissé Reclú, consagrado geógrafo francés y poeta del paisaje, describe la historia de un arroyo, desde sus nacientes hasta los grandes ríos. Desde las rocas escultóricas y placas enteras e inmersas, hasta las minúsculas partículas que enarena la erosión formando playas y bancos de arena. Un viaje así es un cuento vivo, una historia a cada remada, un resto de vasija originaria en las costas, o aquella espuela que encontramos y perdimos, en la inmensidad del río Uruguay.

 

 

Se sucedieron ambientes de montes achaparrados y correntinos, gauchos de la costa. Barcos antiguos, propiedad del tiempo y de biguases; óxido perpetuo que enmarca el paisaje. Siempre presente aquel pensamiento, de que era probable que jamás volviéramos a pasar por ese lugar, y que por un día, por un instante, formamos parte de ese paisaje en la historia de la tierra. Y, como elemento secundario, también de la humanidad.

 

Ya estamos río abajo y, al parecer, cuanto más cerca de la desembocadura de la cuenca estamos, notamos que nuestra especie utilizó los recursos naturales de la manera más brutal. Los palmares de Entre Ríos, ese relicto que aún perdura en el parque nacional, alguna vez fue diezmado para realizar el primer alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires. El Delta nos recibe habitado por casas palafíticas y lanchas a motor, entre sauces y ceibos. Llegar es un triunfo y una profunda melancolía; los ojos rebalsaban de paisaje. Arribamos a casa, o como dice un poeta cubano, a “aquellos terribles encantos que tiene el hogar”. Somos minúsculos y nada se modifica con nuestro arribo, el río seguirá siendo el río, y ni los bichos del monte, ni los pescadores de caico, leerán nuestras crónicas en los humildes diarios locales. Pero queda una experiencia indeleble, algo cambia para siempre, algo se hace eternidad.

 

Bermejo, Paraguay y Paraná
Ya han pasado seis años sin navegar. Corre 2018 cuando se suma Hernán Gigena al nuevo periplo. Esta vez serán 2.000 km en 45 días, desde Wichí El Pintado sobre el río Bermejo, el Paraguay y finalmente el gran Paraná hasta el delta bonaerense. La fundación CLT nos brinda el transporte hasta el destino, el Impenetrable Chaqueño.

 

El Bermejo es uno de los ríos más densos del mundo. Este viaje nos agarra con más experiencia y tecnología: cámara de fotos de mejor calidad, GPS, filtros de agua. Las márgenes tienen un lado de barranca y el otro de playa lodosa, donde se imprimen las huellas de tapires, carpinchos, yacarés y pumas. La costa es toda información, saberes por aprender; el fuego de aliso de río, madera efímera. El día es de los tábanos, charatas bullangueras, cantos de Maticos en el monte espeso y profundo. La tarde de picaduras tempranas de viuditas, anticipa una noche insuperable de mosquitos, para los cuales no existe repelente alguno. La noche se llena de sonidos, de movimientos cercanos a la carpa.

 

Pasamos nueve días sin ver a un ser humano. Llegar a los primeros pueblos era agradable y extraño a la vez. Los métodos de pesca que observamos en todo este viaje son de un carácter depredador; los tres ríos están minados de redes y trampas de pesca. Y así y todo, nos preguntamos, ¿cómo hacen para sobrevivir las especies ictícolas?

 

Observar la cultura de los pescadores tiene un encanto pictórico, una identificación de conciencia de clase y un profundo deseo romántico, folklórico, o como lo queramos sentir. De alguna manera son parte indiscutible de este ambiente, también se adaptaron al medio y sus caras se parecen demasiado al resto del paisaje.

 

 

 

 

La humedad del Chaco comienza a hacerse presente y aparecen palmeras, plantas epífitas y enredaderas. Es el río Paraguay, caudaloso, con márgenes de esteros. Vemos muchísimos campamentos de pescadores, lanchas y canoas en actividad. Y entre barcos sojeros, llegamos a la Isla del Cerrito, el gran Paraná nos recibe.

 

Navegar genera preguntas existenciales, transforma las amistades, las fortalece. Navegar es madurar, es aprender fuera del tiempo. Estamos cansados y felices y en Rosario se une un amigo más. Llegamos a las antiguas islas del Ibicuy, donde gente muy hospitalaria, con una tonada algo musical, nos recibe en sus hogares… y nacen decenas de historias.

 

Nos espera la familia, llegar vuelve a ser una fiesta y una pena. Pero después de la cuenca del Plata, nos adentraremos al mar, a sus profundidades y distancias, a sus peligros y su sal. Pero ese será otro capítulo, otro capricho en este mundo, donde pregonemos por los mares limpios, aún más convencidos de que, como dice el proverbio, “vivir no es preciso, navegar es preciso”.

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