Ol Doinyo L’Ngai, la montaña del dios maasai

En un rincón recóndito de África, en el extremo sur del brazo oriental del Gran Valle del Rift, y en el noroeste de Tanzania, se encuentra un pueblo que pareciera pertenecer a otro tiempo. Cara a cara con los maasais y sus costumbres.

 

Texto y fotos: Daniel González Paredes

 

“Al principio de los principios, el dios Ngai tenía tres hijos a los cuales decidió hacerles tres regalos: Al primero le dio un arco y una flecha para que pudiese cazar, pero al fallar su primer tiro, éste perdió la flecha y ya jamás pudo volver a disparar su arco. Al segundo le dio una azada para que pudiese labrar la tierra, pero tras la primera sequía sus terrenos quedaron yermos y ya jamás pudo volver a sembrar. Al tercero le dio una vara para que pudiese pastorear, y fue éste el que con solo un par de reses consiguió criar todo un rebaño y de ese modo poder alimentar a su pueblo… éste último hijo del dios Ngai es Natero Kop, el primer maasai”.

 

Esta es la leyenda del origen del pueblo maasai, en Tanzania, “aquellos que hablan Maa”, que se ha transmitido de padres a hijos, generación tras generación, desde tiempos inmemoriales. Un pueblo de pastores por designio divino, siendo su rebaño el bien más preciado que poseen. De hecho, los maasais miden su riqueza en función a las cabezas de ganado que tiene cada familia. Su economía y estructura social giran en torno a sus reses. Su dieta originaria está basada principalmente en la leche, carne y sangre que obtienen de su rebaño, además de unas pocas semillas y raíces que colectan de la tierra. Incluso sus humildes casas están hechas con una mezcla de arcilla, heno y estiércol. Estas se agrupan en círculo formando una manyatta, en cuyo centro se encuentra la boma, una especie de cercado construido con espinosas acacias donde resguardar el ganado en la noche para protegerlo de los depredadores de la sabana tales como leones e hienas. Las manyattas albergan un sistema patriarcal, aún así, son las mujeres las encargadas realmente de sostener la unidad familiar e incluso de construir y mantener las casas.

 

 

Los maasais son pastores semi-nómadas. El régimen anual de lluvias es el que marca la trashumancia a través de la sabana en una búsqueda continua de verdes pastos para alimentar a sus reses. Un pueblo de origen nilótico, procedentes de la antigua Nubia (Egipto y Sudán), que llegaron hace ya cinco siglos al Gran Valle del Rift. Con apenas un millón de integrantes, los maasais se distribuyen actualmente entre Kenia meridional y la Tanzania septentrional. Y es en lo más recóndito de este territorio donde se encuentra el Ol Doinyo L’Ngai, la montaña del dios maasai. Un solitario volcán que se yergue imponente en medio de una vasta planicie. Aún activo, posee la particularidad de ser el volcán más frío del mundo, por lo que la lava que de él mana es de color negro, así como el dios que la habita, el Ngai.

 

A los pies del Ol Doinyo L’Ngai se asienta el clan de los il-Loitai, conocidos por la fiereza de sus guerreros; los moranis. Ya desde pequeños los niños son preparados para desempeñar esta labor. En la adolescencia, tras el ritual de la circuncisión, los jóvenes entran en una fase inicial de aprendizaje como isipolios. Ataviados con túnicas negras y pinturas tribales sobre sus rostros para ahuyentar los malos espíritus, son “abandonados” en la sabana para que aprendan a desenvolverse por sí mismos con los elementos. Tras varios meses, el clan volverá a aceptar a los jóvenes, ahora ya como guerreros moranis, y los dotará con las distintivas shukas, las túnicas con los colores específicos del clan al que pertenecen, y poderosas lanzas para que puedan proteger los rebaños y defender a su pueblo de los ataques de otros grupos tribales. Sin embargo, su mayor estatus social llegará cuando superen el Eunoto. Un ritual que requiere según la tradición que el grupo de moranis de caza a un león (actualmente la ley lo prohíbe esta práctica). Aquel guerrero que lograse clavar su lanza en el corazón del animal, será reconocido con honores y pasará a formar parte del consejo de sabios del clan. El resto de guerreros depositarán sus armas para tomar la vara de pastoreo y poder desempeñar con orgullo la labor divina que su dios, el Ngai, les otorgó.

 

 

Viajar a este remoto paraje se asemeja a un viaje en el tiempo, allá en el corazón de África, donde habita un pueblo de nómadas en armonía con la naturaleza y los elementos. Allá a la sombra del Ol Doinyo L’Ngai, donde viven los últimos maasais.

 

Ashe Nalen’g (gratitud en dialecto Maa).

 

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