PANDEMIA Y MIEDO AMBIENTE

Por Nicolás Barriola Paullier y Natalia Costa Rugnitz

 

El contexto:

Antes de entrar en tema, es necesario colocar -quizá a modo de advertencia- la siguiente observación. Todas las “lecciones” que podamos aprender y todos los “beneficios” que podamos obtener del escenario distópico en que se transformó el mundo tras la expansión del COVID-19 habrán tenido un costo altísimo y nada abstracto: la extinción un número aún incalculable de vidas humanas.

Hablaremos aquí sobre los efectos inesperados que el confinamiento ha tenido sobre el medio ambiente, pero sin olvidar que, por más positivo que sea el hecho desde el punto de vista de la naturaleza, desde el punto de vista de la civilización se trata de una circunstancia con connotaciones decididamente negativas. El aire y el agua están más limpios. Los animales vuelven a ocupar espacios que no osaban habitar. Pero nótese: todo sucede a raíz de la desaceleración no solo de la economía industrial, sino también de la prácticamente total paralización de los usos y costumbres más básicos y cotidianos de nuestra especie.

Una primera reflexión, por lo tanto, se impone por su propio peso: pareciera que gran parte de lo bueno que pueda suceder en el mundo no surge a raíz de nuestra voluntad, de nuestra acción inteligente y positiva, sino de nuestra no-acción. No es nuestra presencia, sino nuestra ausencia lo que parece mejorar el planeta. Desde una perspectiva amplia y universal somos – y lo sabemos hace mucho – verdaderos parásitos planetarios. Y cabe decirlo así, clara explícita y directamente, aunque encrespe ciertas sensibilidades dadas a la evasión. Como ha dicho Walter Benjamin, y mal que nos pese, la refutación del optimismo es una condición esencial de cualquier cambio. Si realmente deseamos el cambio -y si tenemos disposición y energía para abocarnos a él – eso es otro tema.

Supongamos, por un instante, que creemos que un mundo mejor del que nosotros somos parte es posible y que, realmente, deseamos el cambio y tenemos disposición para abocarnos a él. En ese caso, no es momento de delicadezas ni de retóricas condescendientes, sino de mirar de frente con coraje nuestras miserias y aberraciones, de desconfiar del “progreso”, de revisar el lenguaje, la rutina, los valores. Dicho esto, consideremos los hechos.

 

Los hechos:

Las epidemias no son novedad. Lo que es novedad es la velocidad de transmisión de la dolencia y, para lo que aquí nos interesa, el carácter global y el aislamiento masivo. A poco más de tres meses de la paralización global y masiva de la “cultura” humana hemos presenciado, atónitos, que los efectos sobre el medio ambiente son estupendos. Si en algún sitio tales efectos se están sintiendo especialmente es en aquellos más “desarrollados”, es decir – al menos según la comprensión standard actual -, más industrializados.

En San Pablo, cielo azul y, a la noche, estrellado. En Venecia los canales, tan afamados como inmundos, vuelven a ser transparentes. Disminución colosal de contaminación atmosférica. Horizontes despejados de smog en las grandes metrópolis. Retorno de la fauna y seguramente en poco tiempo, de la flora, al espacio urbano.

Veamos algunos números. La situación explotó en China en diciembre de 2019. En enero de 2020, las fábricas fueron cerradas y la rutina humana “normal” interrumpida. En febrero, la NASA tomó una serie de fotografías satelitales donde puede verse la variación de las emisiones de gases tóxicos provocada por la desaceleración del engranaje de producción masiva.

Las imágenes muestran algo sorprendente: parece un incendio que se ha apagado, en especial en Beijing y sus alrededores. Aún más sorprendentes son las cifras: “Durante las últimas tres semanas de febrero, China emitió 150 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono menos que durante el mismo período el año pasado. Para hacerse una idea, 150 toneladas métricas es más o menos el equivalente a todo el dióxido de carbono que la ciudad de Nueva York emite durante un año”, establece un artículo de la BBC. Por otro lado, la reducción del 25% de las emisiones de CO2 de China equivale a una reducción del 6% global.

La reflexión:

Volvamos ahora al principio: nada de esto debe ser leído con alegría. No cabe, en absoluto, generar expectativas de un mañana luminoso ni nada por el estilo. Recordemos a Benjamin. La ecuación es simple y nada prometedora: menos seres humanos, más naturaleza. La reflexión es obvia y archiconocida: el sistema actual es insostenible.

La ciudad contemporánea es una de las máximas expresiones del sistema actual. La ciudad, tal como la conocemos, es, por consiguiente, insostenible. Desde el punto de vista macro la evidencia es contundente: está allí, clarísima, en las fotos de la NASA. Pero la ciudad es insostenible también desde un punto de vista micro, cuyas implicaciones no pueden ser fotografiadas ni tan fácilmente cuantificadas, pues se trata de hábitos. Usos y costumbres, como decíamos antes. Un hecho sintomático en este sentido, nada despreciable a propósito, es que el COVID-19 afecta con especial violencia a personas con bajos niveles de vitamina D. Es que para la gran mayoría de los individuos a comienzos del siglo XXI, el día a día transcurre entre cuatro paredes. El sol pertenece a otro universo que no es el de la urbe.

Y mientras la naturaleza se recompone, nosotros nos enquistamos más aún.

La cuarentena no ha hecho sino potenciar esta tendencia y forzarnos a experimentar nuestra condición urbana e individual de lleno. Por duro que sea, quizás esto nos ayude a comprender de una vez cuán obsoletos son los viejos paradigmas.

No se trata, por lo tanto, solo de revisar políticas macroeconómicas, sino que se trata también – y quizá, antes que nada – de revisar, cada uno en su intimidad, la propia rutina.

Si eventualmente no nos conducimos a nosotros mismos a la extinción, llegará un momento en que la revolución de las costumbres se tornará imprescindible.

Como en la memorable Cielo sobre Berlín de Wim Wenders, las azoteas y miradores de Montevideo empiezan poco a poco a poblarse, al atardecer, de solitarios espectadores, contemplativos, quizá nostálgicos, que parecen haber recordado, al fin, que el sol existe.

¿Estaremos a tiempo de modificar nuestra conducta? Es poco probable. Esperemos, en todo caso, que no sea imposible.

 

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