Puzzles que son arte

Olor a madera invade el ambiente cuando traspasamos la puerta que nos ingresa al mundo de Javier Abdala, escultor uruguayo que tiene el don de darle valor a lo que otros desechan.

 

Por María Victoria Pereira Flores

 

No es extraño el olor a madera porque ese es su lenguaje. “Me encanta usarla en todas sus expresiones: pulida, tanto como súper rústica, como cortada con hacha”, asegura.

 

A medida que avanzamos nos cruzamos con sus obras, inmensas en dimensión, reflectoras de gran presencia. Nos aproximamos a ellas y nos encontramos con la maravillosa sorpresa de que se conforman con piezas añejas, con historias propias, que este escultor ha unido en una obra artística, dándoles sentido y sentimiento, haciéndolas bellas o más bellas en su conjunto, confiriéndoles armonía y mayor valor.

 

 

 

Sus obras nos hacen sentir que se trata de un rompecabezas de piezas. Solo él ha podido conferirles un lugar específico, a medida que las ha ido percibiendo mientras recorría el trayecto desde que decidió embarcarse en una nueva escultura.

 

Abdala reutiliza absolutamente todo, incluso para pintar se maneja con materiales que “ya fueron”, como el carbón, a conciencia que “durará el tiempo que deba durar”. El artista ve cosas desechadas o abandonadas que siente la necesidad de recoger, objetos que le llaman la atención por una u otra razón, que pueden estar simplemente tirados al pie de un contenedor, en la calle, en la playa. Al verlos, algo dentro de sí mismo le dice que podrá ser motivador para una obra de su autoría. Por eso, al mostrarnos sus trabajos, nos cuenta la historia de las piezas que la integran, recordando el origen de cada una de ellas con precisión. “El cuerno de un rinoceronte ha sido el punto de partida de una escultura y luego recién vino el cuerpo”, recuerda Abdala, respecto de un cuerno que era la parte de una ventana de una casa antiquísima demolida.

 

Nos adelantamos y vemos un piano, que seguramente cada uno de sus componentes terminen formando obras diferentes. De hecho, los bigotes de una escultura inspirada en el rostro de Freud provienen de otro piano desarmado que llegó a sus manos, y vemos un teléfono destartalado y nos enteramos que fue a parar a la oreja del psicoanalista.

 

Resulta maravilloso ver que algo que ha salido de la cadena de valor “típica” por su desuso, a través de la percepción de un artista reingrese a ella como arte, con belleza y con un precio. Con mucha gracia Abdala cuenta que una vecina con síndrome de Diógenes falleció, y sus herederos le dieron a él todo lo que encontraron, lo que le significó un “tesoro” de cosas para utilizar.

 

 

Piezas de barcos encontrados en la playa o a la orilla de un río, troncos de árboles que han sido cortados, ramas quebradas, perchas viejas, tachitos de café, destornilladores, serruchos, el capó de un auto, carteles, patas de una silla, tallas clásica -como un San José-. Es absolutamente sorprendente el sinfín de cosas independientes que conforman la asombrosa unidad de cada una de las obras de Abdala. “La chapa del fondo la encontré a la salida del club, me dije esta me la llevo y me tuve que tomar un taxi porque no me la podía traer caminando. Su pátina, los gastados, el color de esta chapa me llamó la atención”, cuenta. Todo lo ata con alambres o lo une con tornillos, le da firmeza a sus piezas con ellos, porque para él eso es mejor que pegar, que requiere esperar a que seque. “Ato acá y voy avanzando”, pues lo lúdico tiene que estar en sus obras.

 

Desde hace ocho años la mayoría de sus esculturas son semblantes, con excepción de alguna figura de cuerpo entero. Se basa inicialmente en el rostro de alguien, pero no es su intención buscar algo igual a otra cosa, porque le gusta “jugar” y eso puede alejarlo de su inspiración original. Sus obras terminan siendo lo que ellas desean.

 

Las esculturas, tal cual un ecosistema, están sujetas a su capacidad de carga, lo que él denomina “no dejarlas sobrecargadas”. “Voy armando el puzzle y en un momento me freno, lo miro, quedo conforme y me digo: ya está, lo dejo. Lo observo a la semana y tal vez le hago un retoque”, explica. Abdala empezó desde muy niño, iba al taller Barradas y eso lo dejo marcado. Su estilo llegó a través de la búsqueda, trabajando en el día a día.

 

Inspirate con la obra del artista y conoce más sobre sus presentaciones en javierabdala.com

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