Un emprendimiento familiar de sustentabilidad emocional

Por Agustina Menchaca

 

En marzo agradecía a todos los hechos de mi vida, a todas las circunstancias, y a todas las personas que hicieron posible que me animara a tomar una de las decisiones más potentes de mi vida. La decisión de animarme a emprender con mis hijos y embarcarnos juntos en un viaje emocional de varios meses, que nos modificaría a cada uno y a los tres como unidad familiar.

 

Luego de hablar con Giuseppina de 10 y Lucio de 7 años en ese momento, el 12 de marzo recibimos en casa a una beba de 1 mes y medio llamada Naiara Agustina, para acogerla temporalmente y brindarle nuestro amor mientras su situación familiar se ordenara, sin saber cuánto duraría ese proceso.

 

 

Me doy cuenta del inmenso valor que tiene animarme a la experiencia. Me dejé llevar por un impulso y ganas de hacerlo sin poner mucha cabeza, sintiendo que me daba fuerzas. Finalmente pude elegir vivirlo y experimentarlo, animándome, arriesgándome, registrando, fluyendo, haciéndome cargo, sintiendo, dándome cuenta, pidiendo ayuda, equivocándome, encontrando la forma, decidiendo a cada momento que se presentaba un desafío logístico o emocional.

 

 

Cuando la beba cumplió los 6 meses, la observaba aprender a rolar y me descubrí reflexionando sobre mi propio aprendizaje, con ella, sobre el rolar en la vida. Este desafío en gran parte me permitió sentir que puedo rolar, dejarme llevar, a la vez confiar en que hay una dirección y estar en sintonía conmigo misma. Aprendí los infinitos beneficios de adaptarme a la realidad tal como es. Practiqué recordar cada día que la realidad es más grande y más poderosa que cualquiera de mis deseos, me dejé sostener por mi círculo más cercano y también por una red de mujeres voluntarias de la Fundación Mir que ofician de red y sostén logístico.

 

 

Este es el más hermoso de todos los emprendimientos en los cuales me zambullí.
Es uno de amor, de dar y recibir en equilibrio, de pertenencia, de integración, de desapego y de sanación, al servicio y la honra del valor que tiene la vida.

 

 

Hoy me siento más amplia, más grande, pienso a la beba pequeña e inmensa a la vez. Veo la grandeza de su misión, su manera de enseñarnos a estar en la vida, su forma de agradecer y devolver una y otra vez, siempre con un poquito más. Cuando me preguntan como voy a llenar el vacío que se viene ahora que se va, me doy cuenta que me siento llena y más linda, me siento yo misma cuando entro en contacto con la sensación de llevarla adentro mío para siempre. Estoy llena de lo que le pude dar y lo que me dio, de todo lo aprendido y de las vivencias más maravillosas. Me siento agradecida con ella que trajo tanta belleza y amplitud a nuestras vidas, que nos acompañó en todo lo que nos tocó vivir y lo más importante, me mostró una capacidad en mi poco habitada: la sana humildad, reconocer lo que necesito, pedirlo, tomarlo y sentir la gratitud.

 

 

Les digo Gracias para siempre a cada uno de los que me acompañó y fue parte de este hermoso viaje: Giuseppina, Lucio, Diego, Elaia, Jazmín, Roberta, Ernesto Juan, Jacinta, Olivia, Felicia, Susana, Juan, Maria, Juan Andrés, Guillermina, Facundo, Alfonso, Rosina, Ignacio, Joaquina, Juan Cruz, José María, Juan Lucio, Valentina, José Juan, Ema, Silvana, Julia, Carli, Juanma, Flor, Bárbara, Nicolás, y a todo el equipo de Fundación Mir

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