¿A dónde nos llevan las cumbres climáticas?

Por Santiago Kovadloff y Luis Castelli.

 

En 2015 estuvimos en París cuando se firmó el «primer acuerdo universal de la historia de las negociaciones climáticas», como lo llamó el entonces presidente François Hollande. Se trata de un documento destinado a establecer medidas para detener el calentamiento global cuyo objetivo principal es que el aumento de la temperatura media del planeta se estabilice «muy por debajo» de los 2°C con respecto a los niveles preindustriales y, en lo posible, no supere el 1,5°C.

 

Siete años han transcurrido desde 2015 y las circunstancias se han agravado. El pasado 23 de octubre, en el Museo Barberini de Berlín, jóvenes activistas contra el cambio climático arrojaron puré de papas sobre un cuadro de Claude Monet. Una semana antes, en la National Gallery de Londres, otros militantes ecologistas lanzaron salsa de tomate sobre “Los girasoles” de Van Gogh. En Roma, manifestantes italianas cubrieron con sopa otro cuadro del pintor holandés.

 

¿Qué diferencia hay entre estas expresiones de disconformidad social con las políticas ambientales y las decisiones tomadas en las cumbres climáticas? Ambas revelan una misma impotencia aunque se contrapongan. Y se contraponen porque las primeras expresan desesperación mientras las segundas expresan hipocresía. La desesperación y la hipocresía han aumentado. Las emisiones también.

 

¿Habrá mejores métodos para alertar y revertir el calentamiento global que arrojar salsas contra algunas de las obras más célebres del arte? Las acciones de protesta no resultaron eficaces a la hora de sacudir la apatía de los principales participantes de la reciente Cumbre del Clima celebrada en Sharm el-Sheikh. Como ocurre en la mayoría de estos eventos, concurrieron más de 35.000 personas, entre ellas representantes de cerca de 200 países. Muchos arribaron al aeropuerto local en unos 800 jets privados, un hecho tan inaceptable como arrojar salsa a las obras de arte.

 

No faltará sin embargo quien crea que esas protestas han sido eficaces argumentando que hay urgencia en adoptar las medidas indispensables para evitar un aumento superior a 2°C en la temperatura global. No obstante, los resultados de la cumbre contradicen esa presunción. Quizá ello sea consecuencia de que en esta reunión haya habido más “lobbistas” de los combustibles fósiles que representantes de los países afectados por el cambio climático. Algo así como una mayoría de defensores de la industria del tabaco en una conferencia de salud.

 

El mensaje cínico de este procedimiento es indisimulable: si el porvenir de la Tierra afecta a nuestros negocios, peor para el porvenir de la Tierra.

 

Probablemente las conclusiones de la reunión de Sharm el-Sheikh sean menos memorables que las protestas que las precedieron. De todos modos, no deja de ser un avance la creación de un fondo de «pérdidas y daños» a fin de compensar a los países de bajos ingresos devastados por el clima extremo. Resta sin embargo resolver lo más difícil: cómo será la financiación y de dónde provendrán los fondos.

 
 

 

Se mantiene intacto en la declaración final un mundo de palabras y expresiones grandilocuentes que no se traducirán en acciones concretas. Abstracciones destinadas a dar lugar a eso que se ha convertido en un rito de último momento en todas las cumbres, casi un “recurso renovable” de la burocracia: delegar en el siguiente encuentro la definición de los pasos para concretar, en el futuro, las promesas y los planes. Un éxito para quienes se empeñan en lograr que nada cambie.

 

Estamos asimismo ante una evidencia no menos cruel. Cumbre tras cumbre se desoyen las advertencias de quienes, como científicos, no se cansan de repetir que el calentamiento global, en lugar de decrecer, aumenta más y más. El poder económico se impone sobre la lógica del conocimiento y obliga a la ciencia a subordinarse a sus intereses. El progreso se reduce, en consecuencia, a perseverar en el mismo error.

 

De esta manera, la distancia entre el lugar donde deberíamos estar y aquel en el que estamos en materia de emisiones de gases de efecto invernadero, es cada vez mayor.

 

Lo evidente no parece serlo: somos parte de un destino común en un único planeta que no sólo ni ante todo es un entorno sino parte de nosotros.

 

Sólo a través de la cooperación, el compromiso y la coordinación de todos los países se podrá evitar la profundización de los desastres que ya están destruyendo tanta vida. Se trata de preguntarnos si estamos decididos a escuchar lo que ya sabemos. Es indispensable que el coraje, la imaginación y sobre todo la dignidad lleven a cabo ese trabajo. La inacción actual es cómplice de un porvenir reñido con nuestra supervivencia. El desafío es aprender a convivir. Pero esta vez ya no solo entre nosotros, sino con toda la vida en la Tierra.

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