Abejas nuestras: una relación sin aguijón

Por Jorge Mazzochi.

 

Cuando hablamos de miel, tanto en la imagen como el sabor, se nos viene a la mente Apis Melífera, la abeja europea domesticada en todo el mundo, con su miel espesa y abundante.

 

Pero en la América precolombina, sólo existían las meliponas, con más de 550 especies distribuidas por los trópicos y subtrópicos del mundo. El registro más antiguo data del período cretácico, entre hace 60 y 80 millones de años. Al no tener aguijón (efectivo) se defienden mordiendo o expulsando sustancias cáusticas en los ojos. Para nuestra especie resultan inofensivas, es por eso que la manipulación puede realizarse sin trajes de protección e incluso niños y adultos mayores pueden incursionar en el mágico mundo de las meliponas sin riesgo alguno.

 

Cultura nativa
Para muchos pueblos originarios de América, esta miel era sagrada. Entre ellos se destacan los mayas con su deidad “Ah Muzenkab”, el dios protector de las meliponas y sus productos sagrados.

 

La producción de estas abejas es muy escasa, aproximadamente un kilo por año según la especie. Su miel es muy líquida, de sabor más fuerte e intenso y más difícil de cristalizarse. Su precio es muy elevado, pero no condice con las lógicas del mercado. Esto es así debido a que, actualmente, es producto de intercambio consciente, por su alto valor medicinal y porque además quienes las domestican saben que el único camino para la buena salud de estas abejas es la protección del monte nativo. Éste las necesita para la polinización, las abejas para producir y las comunidades para consumir sus productos y multiplicarlas. Una armonía perfecta que tantas veces nos cuesta “ecuacionar”.

 

Las yateí
Es quizá la especie más conocida en nuestro subtrópico. Los “meliponicultores” festejan la reciente incorporación de la miel de Tetragonisca Fiebrigi (yateí o rubita) al código alimentario. Dentro de las bases de la soberanía alimentaria es primordial que los pueblos elijan qué comer y cómo producir. Esta es una gran oportunidad para sentar precedente de un logro replicable con otros productos de la agroecología familiar y la diversificación productiva, que no sólo protege nuestros alimentos, el monte nativo y la tierra en que se los produce, sino también las culturas que aún conservan innumerables saberes en peligro de extinción.

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