Abrazar el dolor por el mundo

Comprender las problemáticas que aquejan al planeta, aceptarlas y ser conscientes de su existencia es necesario para reconectar y así visibilizar una realidad que necesita urgente reparación.

Por Christian Tiscornia.
 

 

 

Muchas veces me pregunto qué es lo que nos mantiene paralizados ante semejante tragedia socioambiental. ¿Cómo podemos sostener esta quietud ante tanto sufrimiento humano y de cada una de las especies que hacen al milagro de la vida? Me interesa comprender cuál es el ingrediente que puede activar nuestra capacidad natural de respuesta ante el dolor, tanto a nivel personal como colectivo. Claramente el acceso a la información por sí solo no es suficiente; el saber algo no implica necesariamente una mayor sensibilidad o capacidad de acción. Hoy día tenemos toda la información a un solo clic de distancia, frente a los ojos; sabemos lo terriblemente injusta que es la situación social en América Latina, sabemos que la mitad de nuestros jóvenes viven en la pobreza con las consecuencias actuales y futuras que esto implica, sabemos que todos los ecosistemas están en profundo peligro.

 

La ciencia nos confirma una y otra vez que si seguimos alimentando este sistema de producción y consumo, vamos a terminar de destruir la vida misma que sostiene la nuestra. Sin embargo, esto pareciera no ser suficiente para activar el cambio de raíz que esta época reclama. ¿Qué necesitamos entonces para emprender la transición hacia una sociedad con mayor compasión? ¿Cómo poner el cuidado de la vida en el centro de cada decisión y cada acción que emprendemos? Es hora de dar sentido a nuestro dolor por el sufrimiento del mundo. De reconocer que está allí para cumplir una función vital en la evolución de la vida, no para ocultarlo, no para paralizarnos, sino para ayudarnos a emprender un proceso de curación.

 

La realidad se pone cada vez más turbulenta, experimentamos una hostilidad generalizada, la pandemia ha acelerado las desigualdades en todo el mundo. Nuestra cultura de lo efímero nos empuja a toda velocidad a perdernos en un mar de pantallas mientras nos reclama mayor fortaleza para enfrentar tanto sufrimiento. ¿Pero a dónde vamos con tanta prisa? ¿De qué nos estamos anestesiando? ¿Por qué estamos tan irascibles? ¿Para qué sirve ser fuertes si vamos perdiendo sensibilidad ante el dolor de la humanidad y del resto de las especies? ¿Fortaleza para poner cada vez más atención en el cuidado de lo individual por sobre el bienestar colectivo? Es como si la estrategia para resolver conflictos fuera ir levantando murallas de todo tipo y a velocidad máxima para evitar ver o sentir el dolor que nos rodea. Intentamos proteger nuestros corazones y a nuestros seres queridos con armaduras imaginarias como si estuviéramos separados de toda la trama de la vida. Pero, ¿existe posibilidad alguna de evolucionar como especie dando la espalda a tanta tristeza?

 

Jonna Macy, en su libro “Nuestra Vida Como Gaia”, argumenta que estamos atravesando una época de apatía colectiva. Apatía proviene del griego “apatheia” y significa el rechazo a experimentar dolor. Mientras más ignoramos este dolor por el mundo, más profundo se va metiendo en el entramado de nuestros vínculos, fortaleciendo espirales degenerativos. Al reprimir nuestras emociones negativas, en realidad las fortalecemos, aumentando con ello nuestra agresividad. El dolor que negamos nos somete, nos va debilitando, nos enferma cuerpo y alma, refuerza la narrativa de la separación, del miedo, y por ende de la violencia. Como dice Alejandro Jodorowsky “El sufrimiento es el rechazo del dolor. El fin del sufrimiento coincide con el nacimiento de la compasión”.

 

Ser contemporáneos a nuestra época implica, casualmente, comprender las problemáticas que nos tocan vivir aquí y ahora. Es desarrollar todas las herramientas necesarias para operar positivamente sobre estos problemas. Joanna Macy nos recuerda que ser conscientes en el mundo de hoy es darnos cuenta de la existencia de un gran sufrimiento y de un peligro sin precedentes. Es preciso reaprender a escuchar aquello que nuestro interior intenta decirnos. Ese dolor que sentimos es el precio de la conciencia en un mundo amenazado y no sólo es natural, al decir de Macy, sino que es absolutamente necesario para nuestra sanación colectiva. Como en todos los organismos, el dolor tiene un propósito; es una señal de advertencia diseñada para activar una acción reparadora. El problema no es entonces nuestro dolor por el mundo, sino nuestra represión de este sentimiento elemental para comenzar un camino de sanación. Ignorar el dolor lo multiplica, le da nuevas y peores formas. El escritor y monje trapense Tomas Merton es contundente cuando nos recuerda que, paradójicamente, mientras más se intenta evitar sufrir, más se sufre.

 

Abrazar el dolor que sentimos por el mundo es el primer paso para sanar, para comenzar a ayudarnos y comprendernos mutuamente, para visibilizar una realidad que necesita urgente reparación. Es la llave para recuperar la capacidad de responder amorosamente ante la adversidad, y comenzar a actuar por el bienestar de todos los seres. Abrazar ese dolor es el paso necesario para reconectar a nuestra raíz común, para abrirnos a nuestra existencia colectiva y emprender el camino de reconciliación con el resto de la naturaleza. Sentirnos conduce a la curación.

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