El clima después de Trump

Por Luis Castelli

 

Se va Trump, llega Biden. La salud del planeta recobra alguna esperanza. Viene a la memoria aquel año 2017, cuando los Estados Unidos se retiraron del trascendental Acuerdo de París sobre cambio climático. Según Trump, “para cumplir mi solemne deber de proteger a mi país y sus ciudadanos”. Junto con Angola, Eritrea, Irán, Irak, Sudán del Sur, Turquía y Yemen, los Estados Unidos es hoy una de las pocas naciones que no respaldan un acuerdo considerado por muchos como el logro ambiental más importante de la historia por su alcance global y sus objetivos de largo plazo.

Aún cuando las pruebas sobre el calentamiento global eran ya irrefutables, Donald Trump desvinculó a su país de los compromisos internacionales afirmando que el cambio climático era “un cuento chino” para perjudicar a las manufacturas y las industrias del petróleo y el carbón estadounidenses. En un olvidable discurso, aseguró que pediría como condición renegociar el tratado “en términos justos para los Estados Unidos”. Inmediatamente después, en un comunicado conjunto, Alemania, Francia e Italia señalaron que el Acuerdo de París no podía renegociarse porque es un instrumento vital para el planeta, nuestras sociedades y sus economías.

 

El objetivo central del Acuerdo es impulsar una respuesta global a la amenaza del cambio climático, evitando en lo inmediato un aumento de la temperatura global que supere los 2ºC por encima de los niveles preindustriales, al tiempo que se continúa con los esfuerzos para limitar el aumento a 1,5ºC. El Acuerdo tiene, además, el propósito de fortalecer la capacidad de los Estados parte para hacer frente a los impactos del cambio climático y promover flujos financieros adecuados para apoyar a los países en desarrollo y a los más vulnerables. El anhelo es lograr una nivelación de las emisiones globales de gases de efecto invernadero lo antes posible y alcanzar una neutralidad en emisiones de carbono a más tardar en la segunda mitad de este siglo.

 

El recién elegido Joe Biden acaba de anunciar que uno de sus primeros actos como presidente será el reingreso de los Estados Unidos a los acuerdos sobre el clima, revirtiendo así la conducta adoptada por la administración anterior. Será una tarea compleja: deberá reconstruir el liderazgo estadounidense en la lucha contra el calentamiento global y, al mismo tiempo, transformar esa labor en generación de nuevos empleos.

 

Donald Trump ha sido el rostro de la negación climática durante los últimos cuatro años. En esa tarea, contó con el respaldo de los implacables intereses de los combustibles fósiles, que llevaron a cabo una campaña fanática para negar que los gases de efecto invernadero están calentando el planeta. Sin embargo, su derrota no será suficiente para convertir a los Estados Unidos en un motor para la recuperación verde global a menos que los demócratas puedan recuperar el control del Senado. Si ganaran la votación de los representantes por Georgia, la vicepresidenta electa, Kamala Harris, debería de obtener el voto decisivo sobre la legislación y los presupuestos climáticos. Si, por el contrario, el Partido Republicano retuviera el control del Senado, probablemente continuará bloqueando acciones ambiciosas y la cooperación internacional, como lo hizo durante las presidencias de Bill Clinton y Barack Obama.

 

En la actualidad, China es —con mucho— el mayor emisor de gases de efecto invernadero. Sin embargo, debemos notar que los Estados Unidos, que son responsables del 14% de las emisiones globales, registra el doble de las emisiones per cápita de China, y entre ocho y diez veces las de un habitante de la India.

 

Mucho ha cambiado en el escenario mundial de los últimos años debido al surgimiento de China como rival de los Estados Unidos. A esto se sumó la diseminación de una pandemia cuya evolución futura aún resulta incierta. El regreso al Acuerdo de París promovido por Biden es ciertamente bienvenido y auspicioso. Pero está claro que, si su país quiere recuperar la pérdida credibilidad internacional en esta materia, será necesario promover objetivos de reducción de emisiones altamente ambiciosos y capaces de seguir el ritmo de Beijing.

Si Biden pudiera vincular la acción climática con la regeneración económica y una política exterior proactiva, tanto con China como con Europa, podría cumplir con sus agendas nacionales e internacionales, y restablecería al mismo tiempo un imprescindible clima de cooperación internacional que el mundo necesita hoy más que nunca.

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