Esos locos bajitos: los primeros agentes de cambio

En los últimos tiempos, comenzamos a escuchar mucho más el concepto de “inclusión”. Y cuando de discapacidad se habla, son niñas y niños quienes instintivamente protagonizan esas transformaciones necesarias que tienen que ver con desarmar prejuicios e integrar con empatía.

Por Andrés Cikato, de ONG El Palomar.

 

“Que no se nos parezcan y que no carguen con nuestros rencores ni nuestro porvenir …” canta Juan M. Serrat en “Esos locos bajitos”. Niños y niñas que impávidamente nos desafían y exigen levantar la vara sobre lo correcto: enérgicos, intensos, honestos, apasionados son, por naturaleza, los primeros agentes de cambio.

 

Desde El Palomar, organización sin fines de lucro creada en 2019, dedican y promueven líneas de acción para facilitar el acceso inclusivo en sociedad a personas en situación de discapacidad. Ofrecen programas y oportunidades para que jóvenes con discapacidad disfruten una mejor vida, y al mismo tiempo, sensibilizan y generan conciencia.

 

Ahora bien, cuando se habla de inclusión, ¿qué implica? Se dice que los niños y niñas orientan instintivamente procesos de transformaciones cuyos efectos se dispersan también a su ecosistema vecino, originando cambios reales, aunque a veces invisibles. “Los niños no son una isla. Cuando empiezan a cambiar, sus padres y madres, los maestros, la comunidad, ven los cambios, y ellos también tienen que repensar sus actitudes”, dice Harry Shier, experto en participación infantil.

 

Los “peques” articulan el camino hacia la deconstrucción de los prejuicios, revelándonos nuevos aprendizajes, noveles formas de hacer las cosas: somos nosotros y nosotras quienes estamos aprendiendo de ellos y ellas, y, en todo momento, nos empoderan, interpelándonos con críticas constructivas, revisando nuestro pensar.

 

 

Emprendida desde los más chicos, la inclusión va expandiendo sus redes. Y con sus actitudes motivadoras, viralizan las transformaciones: son activistas instintivos, provocadores involuntarios de la inclusión.

 

Como proceso, la inclusión responde a la discriminación y la desigualdad de oportunidades, especialmente cuando se trata de colectivos que son segregados y excluidos del sistema. Cuando hablamos de educación, la inclusión, además, desafía la sistemática violación del derecho humano a recibir educación de calidad.

 

La educación inclusiva, donde todos los niños y niñas estudian juntos y juntas, se constituye en una herramienta donde los “chiquillos” actúan como propulsores del cambio. Recibir en el aula una niña usuaria de silla de ruedas o interactuar con un niño con condición del espectro autista o con síndrome de Down fomenta en todos y todas una conducta superadora, igualitaria, empática, de dignidad y refleja una representación dinámica de lo que sobrevendrá: un lugar donde todos y todas vivamos sin prejuicios, ni barreras de ningún tipo.

 

 

“Esos locos bajitos”, esos primeros agentes de cambio, forjarán esta transformación, esos inexcusables avances para que la humanidad pueda culminar modos hostiles, violentos y poco humanos y superarse a sí misma, demostrándose que hay espacio para ser mejores personas, y, por consiguiente, mejores sociedades.

 

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