Fuerza ancestral

Nicolás Badel conectó con la historia de su abuelo y de allí nació su destilería artesanal: Libertad. Para producir su propio alcohol orgánico, utiliza cultivos ecológicos con trazabilidad completa.

Por Lucía Tornero.

 

¿Cómo iniciaste tu camino emprendedor?

Principalmente, soy productor de vinagre. Y mi proyecto podemos decir que es recuperar una antigua e histórica marca uruguaya, Gamberoni, que ya había sido vendida a empresas extranjeras hace unos años atrás. Prácticamente, el producto se había dejado de producir.
Lo que hice fue recuperar la marca y me puse a pensar y a instalar una planta de producción de vinagre, empecé a producir las botellas, el empaque, la energía eléctrica y a querer producir el alcohol, una de las materias primas fundamentales.

 

 

¿Bajo qué premisas estás produciendo?

Bajo el hecho de que creo que estamos rompiendo el planeta y hay que cambiar. Mi proyecto es biológico, que se hace mediante una fermentación con microorganismos. Produzco más del 75% del vinagre que Uruguay consume y compito con marcas blancas, salvo algunas que apuestan por el precio. Vengo de algún modo construyendo una excusa válida para que los consumidores se acuerden de que el vinagre Gamberoni es un producto sustentable, circular, bien intencionado. Creo que en el futuro será el motivo por el cual la gente va a elegir o dejar de elegir un producto. Produzco el 100% de la energía eléctrica, con paneles solares, incluido el alcohol que empecé a producir con el afán de esa integración vertical y de esa soberanía.

 

¿Y cuándo te embarcaste en el proyecto del gin? ¿Qué historia hay detrás?

En un momento conecté con la historia personal de mi abuelo paterno a quien no conocí. Él era productor de bebidas alcohólicas en su Croacia natal. Fue exiliado político de la dictadura del mariscal Tito en Yugoslavia, por regalarle a sus propios empleados su fábrica, un tiempo antes de que el gobierno empezase a nacionalizarlas. Por ello, se escapó y primero se instaló en Argentina y luego en Uruguay, donde tuvo a su familia. La fábrica que regaló fue una fábrica de bebidas alcohólicas que se llama Badel, como mi apellido. Al día de hoy, sigue siendo la fábrica de bebidas alcohólicas más grande de Croacia.

 

¿Cómo siguió tu camino después de ese descubrimiento?

Terminé viajando y visitando la contracultura en Estados Unidos de los destiladores artesanales domésticos, por lo general clandestinos. Allí, la producción de alcohol está prohibida por ley. Empecé a aprender y terminé diseñando con chatarra mis primeros equipos que pudieran hacer alcohol. Y ahí fui aprendiendo. Decidí ir a una universidad especializada en formar destiladores: Moonshine University, en Kentucky. También me formé en Holanda. Y luego estuve un rato para tratar de resolver un problema, hasta que di por internet con un ruso. Nos hicimos amigos, me fui a Rusia y descubrí que junto a su padre eran especialistas en destilación. Terminé haciendo muchas de mis máquinas ahí y en 2015 nació la destilería artesanal.

 

 

¿Qué caracteriza a tu destilería?

Mi destilería es distinta, es altamente tecnológica, 100% sustentable. Usamos paneles solares para la energía. Somos la única destilería en Uruguay que produce alcohol potable. Pero también somos de las pocas en el mundo que produce su propio alcohol. Las destilerías artesanales utilizan como insumo principal alcohol industrial que en general proviene de dos cultivos recargados de químicos ambientalmente tóxicos: maíz transgénico Bt y la caña de azúcar. Hacer alcohol de un grano que no es transgénico no tiene nada que ver en el sabor. Es como comer un tomate orgánico vs uno que no lo es.

 

¿Por qué Libertad?

Nuestro proyecto se llama Libertad y parte de la gracia es que estoy en la ciudad de Libertad, en San José. Pero el nombre también tiene que ver con esa libertad con la que me moví y compartí mi conocimientos con otros, que a su vez lo hicieron conmigo, que me permitieron diseñar y construir la destilería. Nos construimos nuestras propias máquinas, muchas de las cuales están hechas con chatarras y productos recuperados. Somos soberanos, eso nos permite autoescalarnos. Necesitamos mucho menos dinero para hacerlo. Producir alcohol es un trabajo de altísima precisión. Todo empieza en el cultivo, y pasando por toda la fábrica que está operada y supervisada con personas que lo hacen con conciencia y amor. No defiendo lo artesanal como algo hecho con la mano, sino un proceso cuidado de punta a punta que asegura una calidad extrema y un diferencial totalmente notorio respecto del común denominador de los productos que no fabrican su alcohol.

 

 

 

¿Qué desafíos siguen?

Pretendemos ser un actor local. Sabemos que si hay expansión puede ser con producción en otros lugares. Estoy mirando la región cercana: Buenos Aires, sur de Brasil…para eso me estoy preparando en este momento. Apelamos a que el alcohol que hacemos, hecho con cariño y responsabilidad, sea el motor de la compra.Es decir, estoy buscando capital verde que entienda lo que hago, para escalar este proyecto que comunica sobre la vida y la celebra.

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