¿Ha muerto la sustentabilidad? Tiempo para repensar todo

Entramos al segundo año de pandemia en medio de una crisis global sistémica que se profundiza día a día y atraviesa todos los ámbitos de nuestras vidas. ¿Cuál es nuestro rol como ciudadanos en este contexto? ¿Cuáles son las causas profundas de esta crisis de sentido? ¿Cuáles son las enseñanzas personales y colectivas que nos deja la pandemia? ¿Cómo dar inicio a un proceso de transformación profunda?

Texto y fotos: Christian Tiscornia

 

En menos de 100 años hemos consolidado una visión del mundo donde el ser humano se constituye en el centro del universo y la naturaleza es sólo un recurso a explotar. Pareciera que nuestro entendimiento de la naturaleza es todo aquello “que nos rodea” y no nos consideramos a nosotros mismos como parte indivisible de ese gran ser vivo. Esta visión antropocéntrica de la realidad desconecta nuestro ser natural y otorga luz verde a una licencia para explotar indiscriminadamente todos los ecosistemas de la Tierra. Así, el ser humano se va convirtiendo en un violento depredador de suelos, ríos, bosques, mares, fauna, montañas, culturas indígenas, y en última instancia, de todo signo de vida posible, incluida la suya propia.

 

Somos primordialmente seres biológicos, interconectados e interdependientes con todos los demás seres de los ecosistemas. Debemos comenzar una reflexión profunda sobre un tema medular a esta crisis de sentido que atraviesa la humanidad, y es nuestra capacidad innata de generar vida. Debemos preguntarnos cómo reactivar esta capacidad esencial del ser humano en todos los ámbitos posibles. Cómo terminar con los ciclos degenerativos y crear un nuevo sistema de relaciones mutuamente beneficiosas. Para esto tenemos que identificar las causas que nos hicieron trazar esa línea divisoria entre cultura y naturaleza perdiendo progresivamente la habilidad de coevolucionar con el resto de la naturaleza.

 

Cuando nuestra raíz vital pierde contacto con una mirada sistémica de la naturaleza, empezamos a percibir todo desde la escasez, desde la intranquilidad, desde la necesidad personal de acumular, de correr, empezamos a rapiñar objetos, sentimientos, sensaciones, lo que sea para alcanzar espejismos de bienestar y felicidad. El éxito se termina asociando al tener.

 

Desde esa falta de conexión vital, los pilares de nuestra sociedad comienzan a perder sentido. La política se convierte en un círculo vicioso donde los supuestos “líderes” terminan siendo la representación más cruel y perfecta de una cultura vacía de contenidos. La empresa se transforma en un eficiente brazo ejecutor de este paradigma antropocéntrico de producción y consumo, haciendo del consumismo una cuasi religión para vender lo que sea, al precio social y ambiental que sea, para satisfacer no sabemos realmente qué. El sistema educativo es también funcional a esta lógica de mercado y se convierte en una máquina de sedar humanos, donde educador y educando inevitablemente se enfrentan.

 

 

Una nueva cosmovisión

Creo que este momento de introspección al que nos invita la pandemia, es una gran oportunidad para animarnos a repensarlo todo. Es un momento ideal para animarnos a cambiar el punto de encaje y hacernos todas las preguntas necesarias para diseñar una nueva sociedad. Para cuestionarnos esta división artificial entre cultura y naturaleza. Cada ser humano debería poder aportar, a lo largo de su existencia, a la construcción de un mundo más vivo y diverso del que recibimos al nacer. Para esto debemos observar las enseñanzas de la naturaleza, sus leyes, entenderla como una perfecta máquina de vida. Cuando logremos entendernos como partes de un mismo ecosistema global, podremos comenzar a diseñar, producir y actuar en armonía con todos los demás seres de la naturaleza.

 

Por supuesto que la sustentabilidad es necesaria, pero ya no suficiente. Ya no constituye un fin en sí misma. Hoy es un puente, pero ya no un puerto de llegada. Las necesidades de las futuras generaciones han sido seriamente comprometidas. El discurso (y la práctica) de la sustentabilidad debe dar un paso trascendental hacia la regeneración si quiere mantenerse como herramienta válida de transformación y estar a la altura de la crisis civilizatoria que vivimos.

 

Es necesario que cada actor de la sociedad dé un paso evolutivo, pueda observar el daño realizado, reflexionar sobre las causas, y comenzar un proceso interno de sanación. Porque no solo los bosques ya fueron talados, los suelos ya perdieron sus nutrientes, los océanos se convirtieron en cementerios de plásticos, y las aguas dulces contaminadas, sino que nuestros espíritus también perdieron el contacto con nuestra raíz natural y están adormecidos.

 

Una nueva realidad

Imaginemos un segundo si pudiéramos observar y apreciar la realidad desde nuestras fortalezas, desde nuestra complementariedad, desde nuestra capacidad de desarrollarnos combinando las fortalezas propias con las de cada ser que nos rodea. Hay una pregunta que resume perfectamente esta mirada ¿Cuál es la riqueza que yo tengo para ofrecer?

 

Necesitamos poner en práctica formas de pensar distintas a las que nos han traído hasta acá. Porque las soluciones de ayer, son muchas veces los problemas de hoy. Como punto de partida necesitamos el trabajo coordinado y colaborativo de todos los sectores de la sociedad para dar lugar a esta nueva cultura regenerativa. En este contexto, un gobierno consciente trabajaría en cada ámbito posible para crear todas las condiciones conducentes a la vida. Imaginemos por ejemplo cómo podría ser un nuevo sistema agrícola que ponga el foco en la diversidad, en fortalecer la riqueza de los suelos, en cuidar la salud del agua, en promover la soberanía alimentaria, en incentivar ecosistemas sanos y abundantes para cada ser. Imaginemos una agricultura con agricultores. Imaginemos un sistema energético libre de contaminación basado absolutamente en energías renovables. Imaginemos nuestra forma de construir casas y edificios basada en biomateriales. Porque si efectivamente somos naturaleza, ¿por qué no diseñamos como la naturaleza?

 

Imaginemos una educación que celebre nuestra diversidad, que nos enseñe a dialogar, a crear, a cooperar, a diseñar una nueva sociedad, a imaginar sin límites, a pensar sistémicamente, a redescubrir que somos únicos y perfectos, que somos naturaleza, que solo debemos aprender a identificar nuestros dones para lograr nuestra evolución personal y colectiva.

 

Imaginemos pasar de la cultura de la extracción y la depredación de los recursos naturales a una focalizada en la restauración y la regeneración. Imaginemos avanzar hacia un nuevo modelo industrial que abandone la concepción lineal de producción y consumo por uno basado en procesos circulares, donde conceptos como la basura o la obsolescencia programada ya no existieran más.

 

Esta pandemia llega como un gran tiempo de metamorfosis y vuelo hacia nuestro interior. La enorme posibilidad de repensar todo. De resetearnos en todos los sentidos y dejar viejas capas atrás, nutrirnos de aquello que sí funcionó, profundizarlo y dejar lo que ya no sirve atrás, sin dualismos, entendiendo que es parte de un proceso evolutivo. Siento este tiempo de pandemia como un regalo perfecto para ayudarnos a activar lo que ya viene latiendo hace mucho.

 

La “nueva realidad” puede y tiene que ser una de mayor conciencia. Una que nos ayude a fortalecer nuestros espíritus. Para eso hay que visionarla, desearla, diseñarla y vivirla desde lo más íntimo a lo colectivo. Tenemos que construir colaborativamente un nuevo modelo de desarrollo, que se proponga resiliente, que nos conduzca a madurar como especie y generar las condiciones necesarias para que la vida pueda florecer en todas sus dimensiones. Las palabras del gran maestro Richard Buckminster Fuller lo sintetizan a la perfección: “La naturaleza es un sistema de auto regeneración totalmente eficiente. Si descubrimos las leyes que gobiernan este sistema y vivimos sinérgicamente dentro de ellas, la sostenibilidad acontecerá y la humanidad será un éxito. Estamos llamados a ser arquitectos del futuro, no sus víctimas … ”

Es el tiempo perfecto para repensarlo todo, que no sea en vano.

 

Christian Tiscornia
Educador ambiental. Docente de la Universidad Nacional de San Martin en temáticas de desarrollo sustentable y pensamiento sistémico. Fundador de la escuela para la regeneración Quinta Esencia. Abogado, licenciado en políticas públicas de la London School of Economics. Presidente de la ONG especializada en educación ambiental Amartya.

www.amartya.org
www.quintaesencia.org.ar

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