La chispa de la conciencia

Los incendios forestales son cada vez más frecuentes y el cambio climático es el escenario ideal para avivar las llamas. Incentivar planes de control es clave, ya que con esta problemática, el momento de actuar puede llegar muy tarde.

Por María Sofía Muratore.

 

 

 

Negligencia humana y cambio climático parecieran ser aliados a la hora de encender una llama de efecto irreversible: los incendios forestales. Y no porque el fuego no se apague; tarde o temprano -suele ser tarde- termina pasando. Pero sus consecuencias dejan huellas que difícilmente puedan deshacerse. El fuego arrasa cada vez más con la biodiversidad, las especies, y ecosistemas milenarios de América Latina y cuando se desatan estos incendios extremos, pareciera que la sociedad sólo percibe números. Es más, si se tuviese que ser preciso, son exactamente 423 millones hectáreas por año las que fueron quemadas entre 2002 y 2016, según el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), Fronteras 2022: ruido, llamas y desequilibrios. Para tener una noción de la dimensión, es exactamente el tamaño de toda la Unión Europea.

 

En 2019 fue el récord: más de seis millones de hectáreas se quemaron en Chiquitania, el Cerrado y la Amazonía en Bolivia, Brasil, Colombia, Paraguay y Perú. Encima, como si fuese poco, las sequías dentro, tales como las de 2020 y las de 2021, hacen que los incendios se profundicen y arrasen con la naturaleza. “Donde hubo fuego, cenizas quedan”, y así…continúa ardiendo Latinoamérica y con ello, es la vegetación nativa la que se pierde, centenares o miles de especies animales, trabajo y oportunidades de producción e, incluso, vidas humanas.

 
 

Una chispa que no tiene fin

 

¿Qué es un incendio forestal? La definición no pareciera ser compleja, incluso, está a la vista. Es la propagación sin control de fuego por medio de la vegetación rural o urbana; consolidando posibles consecuencias para la población de la zona, los bienes materiales y no materiales; y, por supuesto, en el medio ambiente.

Los incendios forestales finalizan con ecosistemas completos, y ello no solo implica bosques, selvas, o parques naturales; sino que destruye la posibilidad de desarrollo y crecimiento económico de la zona en cuestión.

 

Lo que comienza como una simple llama pasa por tres fases hasta apagarse. La primera es la iniciación, que es cuando se origina el incendio; la segunda es la propagación, que es la extensión del incendio por la vegetación de la localidad de acción; y la última es la extinción, que es cuando finaliza el fuego producto de causas naturales, como puede ser la lluvia; o gracias al trabajo del hombre, cuya acción también podría ser el causal de su comienzo.

 

Se puede generar una discusión eterna sobre si los incendios forestales son consecuencias antrópicas (producto de la acción del hombre), o si son fruto de la misma naturaleza. Lo cierto es que podría ser un debate infinito, puesto que aún siendo una consecuencia del ambiente, toda crisis climática es responsabilidad de los seres humanos.

 

“El aumento de la temperatura, la humedad del fuego, la cobertura vegetal, son los principales factores para que se genere un incendio forestal consecuente del Cambio Climático”, contextualiza Alejandra Eliciri, Administradora General del Instituto Correntino del Agua y el Ambiente de Argentina.

 

Ahora, bien es importante entender que el cambio climático es un “contexto”, explica Sofía Heinonen, activista por naturaleza, quien hace más de 15 años dirige el primer caso de Rewilding en Sudamérica con la restauración de los Esteros del Iberá, el humedal más grande de Argentina ¿Qué quiere decir esto? Que conlleva a un problema global, atacando desde el ambiente hasta la parte social y económica, visto que genera catástrofes que no podemos solventar, si son de gran escala. “Si tuviéramos que discriminar cuáles son las razones de un incendio forestal, desde ya podemos mencionar las sequías, las tormentas eléctricas, los rayos que cada vez afianzan el avance del fuego. Pero, también podemos describir los incendios intencionales para prender ´un fueguito´, las velitas a los Santos que terminan en catástrofe o los accidentes vehiculares”.

 

Jorge Mazzocchi, otro apasionado por la recuperación del Iberá, naturalista y residente de la provincia argentina de Corrientes (y columnista de la sección Tierra Adentro de SEA) menciona que también suelen darse por la falta de diversidad biológica. Tal es el caso de dicha provincia, donde este año se perdieron más de 934.238, un 11% del territorio provincial según lo expresado por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). El especialista explica que esto se produce específicamente por el paradigma de la matriz productiva actual. “En este caso, son los pinos y eucaliptos, ambas plantas exóticas que exigen gran cantidad de agua. Pero, ante sequías, esto se imposibilita y termina conllevando a incendios”, señala.

 

En Paraguay, por otro lado, se preocupaban por la sequía en los suelos y las posibles consecuencias en la economía. Es decir, ¿qué pasa en los campos cuando no llueve? “Desde hace años en las zonas agropecuarias de la región, se quema el pasto cuando se considera que ya no está en condiciones para ser alimento de los animales”, explica Sofia. “Siempre se quemaron los pastorales para preparar el campo. El problema es que también, siempre llovió. Hoy, producto de las crisis climáticas, esto es impredecible”, agrega. Entonces, ahí surge el problema…y con ello el fuego. ¿Cómo se le explica a una persona que “siempre hizo lo mismo y le fue bien” que tiene que cambiar? El objetivo no es eliminar prácticas, sino buscar respuestas sistémicas, resilientes y sostenibles al problema.

 

 

 
 

¿Prevenir o mitigar?

 

A los hechos hay que remitirse. Los incendios forestales suelen ocasionarse en temporadas estivales, producto de altas temperaturas y del uso de montes y bosques de manera incorrecta con el objetivo recreacional. Este verano en Uruguay, por ejemplo, las temperaturas fueron por encima de lo tradicional. A su vez, el déficit hídrico del país hizo propicia la generación de incendios, logrando así que más de ocho mil hectáreas se quemaran. Los mayores focos fueron en los departamentos de Río Negro y Paysandú, quemando hasta 21.800 hectáreas. En total, casi 4.000 eran de campo y casi 2.000 del área forestal, según establece la Dirección Nacional de Bomberos. Especialistas aseguran que en el 98% de los casos, son incendios productos de la acción del hombre.

 

Alejandra explica dos cuestiones claves: “En aquellos incendios producidos por la propia naturaleza, tan solo el mismo ambiente puede realmente frenarlos. Esto se debe a la magnitud del fuego. El riesgo está en la intensidad y frecuencia del fuego”, dice, aludiendo a la necesidad de crear un plan de control. Sin embargo, en las palabras del diputado Rafael Menéndez, de Tacuarembó, en Uruguay, “la problemática es de tal magnitud, que ni los países en desarrollo como Canadá o Australia son capaces de evitar incendios forestales”. Por lo pronto, asegura, nos resta estar alerta. El diputado no duda en señalar la responsabilidad de las empresas de deforestación en revisar esta temática. “Deben crear un diseño estratégico de forestación, como así también cumplir con protocolos exhaustivos en caso de incendios”, apunta. Se suma Jorge indicando que “es importante exigir la forestación de matrices productivas para forestar lo que realmente se necesita en la zona”.

 

Por otro lado, el argentino Arturo Sandoval, ingeniero forestal desempeñándose en la industria chilena, argumenta: “La industria forestal siempre se ha integrado con su entorno y gobiernos para poner en práctica programas de prevención y control de incendios”. Sin embargo, admite la necesidad de reforzar estos planes de acción en función de las condiciones actuales. Después de todo, se trata de un problema ambiental, social y económico. “La pérdida de fibra limita el crecimiento industrial porque el costo de reponer una plantación, aunque esté asegurada, no compensa el tiempo necesario para que entre en producción”, agrega.

 

Siendo así, y exclusivamente en el caso de Uruguay, el Ingeniero Agrónomo y Consultor en temáticas de producción rural, Gustavo Garibotto insiste en la necesidad de trabajar, no en la mitigación, sino en la prevención de incendios. Por ejemplo, en Uruguay hay leyes que establecen que se “prohíbe la realización de fuegos al aire libre en determinado período, ya que son momentos de mayores temperaturas; o la necesidad de mantener limpios los predios, de tener matafuegos, entre otras acciones que se destacan en un marco normativo”. Sin embargo, el especialista decide analizar el diseño forestal y de planificación de las superficies, siendo así pertinente analizar las “plantaciones implantadas”, como los montes de rendimiento. “La plantación de monocultivos de cierta densidad en superficies muy grandes, que conlleva a cambios en el ecosistema, son causantes de incendios de alta magnitud y de complejo control”, advierte. Incluso, el especialista comenta la evolución ecológica del bioma. “Un caso a nombrar es el de la costa marítima uruguaya, en la que esto ocurre por especies que son exóticas, también conocidas como pirófitas. Estas son favorecidas ante los incendios ya que las daña, pero no las destruye”, destaca.

 

En función de lo imperioso que resulta planificar, Raúl E. Viñas, Magíster en Meteorología e Integrante del MOVUS (Movimiento por Uruguay Sustentable) explica que en Uruguay se está gestionando la “aforestación” ¿Qué es esto? “A diferencia de la reforestación, la aforestación busca plantar nuevos bosques donde anteriormente no existían; mientras que la primera es replantar árboles ya existentes”, define. El especialista explica que cuando la técnica es utilizada con un fin comercial, el objetivo se centra en minimizar la erosión del suelo, mejorar la calidad del aire y agua. Ahora, si bien a fines prácticos se intenta alcanzar un impacto positivo; plantar sin una estrategia previa en zonas donde no existían bosques, (tal es el caso de los “bosques costeros de Uruguay”), puede generar consecuencias negativas. “Visto que el crecimiento rápido de estos provoca que se consuman cantidades de agua no contempladas, afectando así a las demás plantas del entorno”, apunta. “A su vez, se pueden modificar las características físico-químicas del suelo dañando así las especies autóctonas, llevando de esta forma a condiciones propias para incendios forestales. Por eso, es necesario establecer una producción en búsqueda de un desarrollo sostenible”, agrega.

 

Por su parte, Sofía agrega la necesidad de tener personal capacitado, herramientas, maquinarias y fuentes de agua para responder de forma rápida, o bien, como explica Raúl, depósitos de agua como suelen tener en países más desarrollados en materia de control. Esto en la actualidad, no está sucediendo. Además, explica que lo importante es pensar en “políticas exclusivas que estén consagradas para cada región, que entiendan las necesidades del momento y del contexto”. Esto incluso promueve la otorgación de subsidios para poder implementar en los campos los protocolos y el ordenamiento territorial.

 

 

 

¿Qué pasa cuando se apaga la llama?

 

Rafael está convencido de que el daño es “irreversible”. En primera instancia, se pierde biodiversidad vegetal y de especies y se genera una mayor contaminación en el aire, producto del humo. Pero… esto no termina ahí. “Los principales dañados son el hombre y la mujer rural, porque tuvieron que participar para apagar el incendio y quedaron con miedo; y porque perdieron su fuente de trabajo”, asegura Raúl. Jorge también comenta que las zonas quedan despobladas y que en aquellos lugares que viven del turismo por ser reservas naturales, se les finaliza su fuente de ingresos.

 

Hay un camino claro y es exigir a los gobiernos para que actúen y regularicen las buenas prácticas y la responsabilidad social. Pero, lamentablemente, aunque se reclame a cada actor, no deja de ser, tal como se dijo al principio, una causa antrópica. Por eso, es en vano pensar formas de mitigar incendios, o apagar el fuego, si aún no se ha sido capaz de encender la llama de la conciencia social colectiva.

 

La educación es esencial; ese tipo de educación que lleva a cuidar el planeta, porque es nuestro hogar, el único que tenemos. Pero también, es pragmática; es la que da herramientas a los individuos para que comprendan cómo apagar un fuego, y cómo preparar, en caso de materia agrónoma, los campos para “cortar el fuego”. Porque es muy complejo apagar la llama y asumir los impactos ambientales y sociales que conllevan. Y siempre será preferible “prevenir antes que curar”.

 

 

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