La diversidad como estrategia de sostenibilidad cultural

La gentrificación de las ciudades plantea la recuperación de ciertos espacios urbanos que se perciben como problemáticos. Qué desafíos, desde la mirada de la sustentabilidad, conlleva este proceso que para muchos es visto como algo positivo.

Por Natalia Costa Rugnitz y Nicolás Barriola. 

Foto: Arq. Germán Fernández @mvd_uy

 

 

 

Cuando hablamos de desarrollo sostenible seguramente pensamos de inmediato en el enunciado según el cual éste consiste en “el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer las generaciones futuras”, vinculándolo a la conservación del medio ambiente y los recursos naturales. Sin embargo, el concepto va mucho más allá.

 

En 2015, cuando se definieron los objetivos del desarrollo sostenible en la Asamblea General de la ONU, quedaron a la vista diferentes puntas del concepto. Al día de hoy estos objetivos, que ascienden a un total de 17, incluyen -a la par de ámbitos como el de la vida en los ecosistemas terrestres y submarinos, la acción por el clima o el desarrollo de energía asequible y no contaminante-, otras metas como por ejemplo el trabajo decente y el crecimiento económico, la igualdad de género o la educación de calidad.

 

En particular, nos interesa aquí llamar la atención sobre el objetivo No.11. Bajo el título “Ciudades y comunidades sostenibles”, en el inciso 4 se plantea la necesidad de “proteger y salvaguardar el patrimonio cultural del mundo”. Surge así, entonces, la idea de una “sostenibilidad cultural”.

 

A modo de rápida definición, la sostenibilidad cultural tiene que ver con la preservación de las creencias, el patrimonio y la identidad de las comunidades. Una cuestión que se plantea en este contexto tiene que ver con ciertos “desarrollos” que se dan a nivel económico, pero que pueden tener consecuencias negativas sobre lo cultural.

 

Un buen ejemplo de esto es el fenómeno conocido como “gentrificación”. La gentrificación refiere al proceso de “recuperación” de un espacio urbano problemático, deteriorado o en declive, cuya reestructuración o rehabilitación conduce al aumento de los costos habitacionales y, siendo así, un recambio de clases sociales: en general, los residentes tradicionales de los espacios gentrificados acaban por abandonar el lugar debido al encarecimiento general del costo de vida y son suplantados por clases sociales capaces de afrontar los nuevos costos.

 

Si bien es posible reconocer algunos efectos positivos vinculados a los procesos de gentrificación (por ejemplo, evitar la decadencia y eventual desaparición de ciertos lugares), en los últimos años, sin embargo, se ha llamado mucho la atención sobre las consecuencias negativas de tales procesos.

 

Del mismo modo que en los ecosistemas naturales cada especie -vegetal o animal- tiene su función particular dentro del todo y se encuentra en relación con todas las demás, tal es así que los ecosistemas humanos dependen de una multiplicidad de actores diferentes que se vinculan entre sí para sostenerse culturalmente. En ambos casos, cuando la diversidad es socavada, todo el sistema entra en riesgo.

 

En esto radica uno de los principales peligros vinculados a la gentrificación: como dijimos más arriba, en el momento en que un barrio o una zona determinada de la ciudad se gentrifica, ésta tiende no solo a valorizarse en términos económicos sino, fundamentalmente, a vaciarse de los habitantes tradicionales y a tornarse mucho más homogénea. Con esto, el proceso de conservación de valores típicos se ve truncado y la identidad del lugar tiende a diluirse.

 

La gentrificación atenta contra la diversidad cultural de un área o una comunidad específica. Siendo así, la “preservación de las creencias, el patrimonio y la identidad” son puestas en jaque. Ante esta situación surge la siguiente interrogante: ¿Es posible plantearnos la recuperación de tejidos urbanos culturalmente valiosos sin perder aquello que los define como tales? Sin dudas, a la respuestas será una construcción colectiva sobre la cual será de vital importancia la participación ciudadana y un enfoque de sustentabilidad, desde todos sus abordajes.

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