Los misterios de la selva

La Reserva de Biosfera y Estación Biológica del Beni está en Bolivia, en una perfecta armonía de vegetación frondosa, ríos, especies de todo tipo y los indígenas Chimanes que habitan la zona.

Por Juan Carlos Gambarotta. 

130 mil hectáreas que comprenden un mosaico de selva cerrado, atravesado por una compleja red de ríos y pantanos. Allí, en la Cuenca Amazónica está la Reserva de Biosfera y Estación Biológica del Beni. La habitan indígenas Chimanes, que mantienen su economía de subsistencia, dependiendo en gran medida de la pesca.

 

Durante un patrullaje de los guardaparques por el Río Maniquí, pude ver varios delfines del Amazonas de color gris-rosado muy claro, los que constituyen una especie distinta de la que se encuentra en el resto de la Cuenca Amazónica. Estos delfines subsisten debido a que está prohibido el uso de redes en el área.

 

Al llegar a la orilla del Río Curiraba, subimos a una canoa de caoba de siete metros, que se encontraba en la orilla y al cruzarlo, entramos en una comunidad Chimán, porque necesitábamos pedirla prestada para poder continuar la patrulla río abajo. El terreno alrededor de las chozas estaba totalmente libre de vegetación, con el suelo apisonado y duro. Las chozas cuadradas eran de techos de palmera, habiendo una apertura por sus cuatro lados, con esteras colocadas sobre una plataforma, otras dos tenían paredes de palo a pique con una gran abertura al frente. El fuego estaba a medio camino entre las tres chozas y era mantenido con cuatro troncos enfrentados. Me mostraron un arco con flechas de largas y aserradas puntas de madera dura, una lanza para cazar tapires con punta de media caña, todas de admirable terminación en sus ataduras de fibra vegetal.

 

 

En la choza abierta una muchacha tejía una muy atractiva estera con un diseño hecho en base a dos colores; uno era el muy claro igual a las otras esteras, entretejido con otra fibra de color pardo muy oscuro. Cerca, en el suelo, había un gran mortero de tronco y una piedra lisa para machacar plátanos con un canto rodado. En la choza más abierta, guardaban muchos objetos colocados en los palos del techo, entre ellos un viejo rifle.

 

Los indios aceptaron de buen grado prestarnos la canoa por tres días, y enviaron a un niño que sonreía al tomar los dos paquetes de fideos que cerraban el trato. Ese niño jugaba con un arquito de 30 cm de largo y flechitas de paja con puntas de espina de tronco de palmera.

 

Nos desplazábamos a poca velocidad y eso permitía apreciar bien la selva. Cada tanto había ceibas de gran porte, cuyas copas avanzaban parcialmente sobre el cauce y también grandes gomeros, cuyas raíces aéreas que provenían de las ramas, parecían formar jaulas sobre el río. Abundaban las grandes mariposas azules que, al volar, parecían despedir luz. Constantemente veíamos aves: muchos guacamayos, loros, hoatzines, garzas, grandes pavas de monte, bandurrias y hasta churrinches. Vimos también varios grupos de monos ardilla y caimanes negros y comunes. En una ocasión, mientras llovía, un caimán negro de unos tres metros, nadó muy tranquilo delante nuestro, como mostrándonos el camino.

 

Al mermar la luz, esa hora tan mágica por los cambios que se producen en la selva, la superficie del río comenzó a ser sobrevolada por murciélagos pescadores y también por dormilones que pasaban y volvían a pasar por delante de la canoa que avanzaba. Poco después, tuve que comenzar a iluminar el curso del río para poder continuar navegando. Contra las orillas brillaban los ojos rosados de los yacarés y más arriba, sobre ramas, o sobre las barrancas, brillaban los ojos verdes de los dormilones. También vimos un urutaú posado sobre una rama vertical. Al dar una curva, tuve la impresión de que había aparecido una luz a nuestras espaldas. Al mirar hacia atrás, me encontré con una luna llena espectacular que aparecía entre las siluetas negras de los árboles y reflejada en el río. Como éste era angosto, al dar otra curva, la luna desapareció ocultada por la selva, pero como el río era muy sinuoso, si bien la mayor parte del tiempo la tuvimos a nuestras espaldas, llegamos a tenerla incluso de frente.

 

La navegación en plena noche duró poco más de una hora, pero constituyó una de las más lindas experiencias montaraces que he tenido. Los misterios de la selva apenas permitían ser atisbados con la ayuda de la linterna. Quise poder vivir muchos días y noches a orillas del angosto Curiraba, virgen, apartado, detenido en el tiempo, lejos de la irracionalidad del siglo veintiuno.

 

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