Romper el hábito del carbono sin sacrificar el estilo de vida

Por Luis Castelli.

 

Mientras la mayoría de las personas se encuentra consciente de los peligros que representa el COVID-19, y aún cuando en varios países empieza a vislumbrarse un alivio en virtud del porcentaje de personas vacunadas, pocos sienten la amenaza inminente del cambio climático, ya que creen que sus eventuales impactos sólo pueden afectar marginalmente su vida cotidiana.

 

Sin embargo, en China, durante tres días de julio, cayó un volumen de precipitaciones equivalentes a las de todo un año. En Europa, luego de una ola de calor récord, Alemania y Bélgica sufrieron un diluvio descomunal, que provocó el desborde de ríos que dejaron cientos de muertos y desaparecidos a su paso. En Estados Unidos y Canadá, una ola de calor mortal superó los 49,6°C. La intensidad, escala y casi simultaneidad de estos eventos conmocionaron a los científicos del clima, que no esperaban estos récords ni tan pronto y ni en un área tan amplia. Se trata de acontecimientos que representan probablemente la mayor emergencia ambiental que haya asolado a nuestro planeta en milenios: el cambio climático.

 

Sobran argumentos para afirmar que los gobiernos no pueden gastar dinero en abordar el calentamiento global precisamente ahora, cuando las deudas contraídas por la pandemia son cuantiosas y el desempleo alcanza niveles alarmantes. Sin embargo, priorizar solamente la pronta recuperación económica y posponer la lucha contra el calentamiento global sería continuar construyendo rentabilidad a costa de agravar la crisis ambiental. Por el contrario, la hora demanda integrar estrategias que generen una infraestructura y trabajos que sean parte también de la solución climática. El desafío actual es realizar un abordaje que contemple tanto salvar vidas como disminuir riesgos futuros.

 

Desde hace años, la ciencia anuncia la llegada de un virus como el que nos azota en la actualidad; haberla desoído explica el altísimo costo que afrontamos hoy. Es hora de aprender de esa experiencia y escuchar las voces expertas que nos advierten incansablemente desde hace décadas sobre las graves consecuencias sociales, económicas y ambientales de las emisiones no controladas de gases de efecto invernadero. Sería irracional y hasta suicida postergar la creación e instrumentación de las políticas preventivas que este desafío planetario demanda.

 

La baja del precio del petróleo, por ejemplo, permitiría abandonar las políticas de subsidios a los combustibles fósiles y dejar que el mercado determine el precio. La descarbonización podría realizarse a través del cobro de un impuesto a personas y/o empresas por el daño que provocan sus emisiones a la atmósfera o mediante el establecimiento de un límite nacional en créditos comercializables. En suma, estamos en un momento único para acelerar la transición hacia un modelo de crecimiento ambientalmente más resiliente.

 

No se trata de realizar una sumatoria de sacrificios voluntarios. Desconectar cargadores o apagar equipos en stand by pueden ser acciones virtuosas, pero no deben distraernos del auténtico y gigantesco desafío que enfrentamos. Tampoco es necesario cruzar el Atlántico en una embarcación a vela ya que el transporte aéreo aporta solo un 3,5% al calentamiento global (una contribución incluso menor a la de las tecnologías de la información y la comunicación que generan alrededor del 4%). Es paradójico y al mismo tiempo absurdo esperar sacrificios personales y el abandono de niveles de confort en pos de salvar el destino del planeta. Será necesario romper el hábito del carbono sin necesidad de sacrificar el estilo de vida. La exhortación moral no alcanzará para inducir el cambio que requiere la lucha contra el cambio climático. Necesitamos una transformación estructural del modelo de crecimiento a fin de que aumente la prosperidad social y el cuidado planetario de forma simultánea.

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