Una historia de búsqueda

Por Diego Ruete
Fotos por @therabbitstudio

 

Cuando me proponen escribir para esta revista, me dieron total libertad. Desde la habitación de un hotel en Río de Janeiro, escuchando la lluvia de invierno tropical que probablemente cese en un ratito, los gritos de los transeúntes, aves cantando y algún helicóptero, me siento junto a la ventana a contarles mi historia.

 

Educador preescolar desde los 20 años, aún sin terminar el liceo ya pasaba algunas horas visitando el trabajo de mi madre, también educadora, sin tener la menor idea que esas experiencias serían el principio de un proceso tan dinámico como fascinante.

 

Corría el año 1996. Ya recibido de educador inicial, con trabajo estable en un colegio pero con la necesidad de seguir sumando conocimientos, intenté por el lado de la Educación Física. Con una preparación autogestionada, sin conocer bien de qué se trataba todo esto, me entrené para hacer la prueba de ingreso. Múltiples disciplinas deportivas, rítmicas, atléticas, mucha gente y solo 25 cupos para entrar en el ISEF de Montevideo. Quedé en el puesto 28, destacado en natación y un desastre en atletismo, calificaba para seguir la carrera en Paysandú. No me entusiasmó. Opté por seguir en Montevideo y entrar en Ciencias de la Comunicación, otra área que me gustaba mucho; especialmente lo audiovisual. Tras mi primer año de Facultad y con poco interés por tanta teoría, yo, un hombre de acción, decidí abandonar la carrera e intentar algo que desde chico me gustaba: la cocina.

 

 

En el año 1999 recibido de Técnico en Gastronomía me fui como pasante al hotel Conrad de Punta del Este y luego, tras entablar contactos de mi padre, llegué a José Ignacio, al restaurant de Francis Mallman: Los Negros. Tras dos veranos de intenso trabajo, mezclando cocina y educación en la semana —el restaurant abría de jueves a domingo en invierno y yo trabajaba de maestro en un colegio en Punta del Este— llegó la crisis de 2002 y con ella mi emigración a Europa. Viví casi un año en Irlanda, trabajando sobre todo en la cocina pero también en otras cosas, lo que se presentaba. Me mudé a España para hacer la temporada de verano en Menorca, luego recorrí España y probé lo que, hasta conocer Italia, sería la mejor comida del mundo.

 

En Montevideo se casaba mi hermano y era hora de volver, allí conocería a quien ahora es la madre de mis hijos y la cofundadora de Petit Gourmet. Tras los primeros encuentros y coincidir ese verano en Playa Verde, ella —veraneante de Las Flores— participó del trabajo de levantar el club social donde se dio el primer taller de cocina para niños. Nacía, pero aún no lo sabíamos, el concepto de EDUCOCINA.

 

Comenzar a mezclar la educación con la cocina, aprovechar esa instancia vital, alimentarnos, algo que debemos hacer por lo menos dos veces al día, se convertiría en una herramienta educativa y de salud. Empezábamos algo que era mucho más que una receta.

 

Esta historia continuará…

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