Unos días en el continente blanco

La Antártida es quizás uno de los territorios más misteriosos del planeta. Un rincón que alberga temperaturas extremas, hielos milenarios y ejemplares de una fauna que pocas personas han tenido el privilegio de ver con sus propios ojos. Un recorrido por la base Uruguaya General Artigas.

Por Juan Carlos Gambarotta.

 

 

Si bien la Antártida no es un área protegida, está más cuidada que muchos sitios que han sido declarados como tales. Eso se debe a que el Tratado Antártico establece que para siempre será utilizada para fines pacíficos, y de cuidado de sus recursos naturales.

 

Entre el 15 de diciembre de 1992 y el 11 de enero de 1993 tuve el privilegio de pisar el continente blanco, en el cual estuve identificando zonas de cría de aves en los alrededores de la base Uruguaya General Artigas. Ésta se encuentra por fuera del Círculo Polar, en la Isla Rey Jorge.

 

La base se asienta frente al mar en una zona de roca expuesta. Hacia atrás y sobre una loma, la Laguna Uruguay estaba casi totalmente cubierta de hielo. Hacia la izquierda a 200 metros, comenzaba el Glaciar Collins, que tenía una cueva de hielo de dos metros de altura y decenas de metros de largo. En los roquedales criaban petreles gigantes, dameros del cabo, págalos grandes, gaviotines antárticos, Petreles de Wilson y Paíños de vientre negro. Cerca de las bases criaban gaviotas cocineras, especie que llegó tras el ser humano. La base Artigas era la que tenía menos nidos de esta especie a su alrededor, indicio de que hacía buen tratamiento de sus desperdicios.

 

 

En las caminatas encontré pingüinos de Adelia, de Barbijo, Papúa, y hasta uno Emperador. En las playas descansaban elefantes marinos, en las rocas lobos antárticos, y sobre el hielo focas de Weddel y focas cangrejeras de hermoso pelaje plateado. A la distancia, incluso llegué a divisar ballenas jorobadas. Desde la orilla, se veían abundantes estrellas de mar, aún a varias decenas de metros de profundidad.

 

Sobre la costa Norte de la Isla se acumulaban témpanos de extraordinaria belleza, algunos altos como edificios y grandes como estadios, de las formas más variadas y de todos los tonos que van del blanco al azul. Cuanto más intenso el color azul, más antiguo el hielo. Un trozo de color azul bolita acababa de llegar a la orilla pedregosa, quizás fuera el corazón agonizante de un témpano que habría existido por… ¿100 mil años quizás?

 

Salvo alguna punta rocosa, todo lo que quedaba a la izquierda de la base era el Glaciar Collins, golpeado por el mar durante la marea alta. Por eso, para acceder al peñón rocoso llamado Punta Nebbless, donde nidificaban aves, debíamos esperar la marea baja.

 

En general, durante mi estadía, los días estuvieron nublados, habiendo nevado los días 29 y 31, y la temperatura más alta fue de 5 grados. El 21 de diciembre, el sol se ocultó por unos minutos, generando un crepúsculo claro, que luego, cada día, duraba un poco más.

 

El deshielo creciente no es novedad, pero cuando uno sabe que la Laguna ya no está congelada en verano, -la cueva de hielo se derrumbó al año de mi visita- y que el Glaciar Collins se ha retirado tanto que ya no dificulta el acceso a la Punta Nebbless, la conciencia de la magnitud del problema pega con fuerza. El Tratado Antártico ha servido para proteger a los animales y por el momento a los minerales, pero ahora lo que está en extinción es el hielo, vital para la estabilidad del clima mundial.

 

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